El incendio de una pensión en San Francisco el pasado mes de marzo, que se saldó con la muerte de tres personas, descubrió la existencia de los conocidos como 'pisos patera' (viviendas donde habitualmente se hacinan los inmigrantes). Meses después, el problema de la infravivienda ha encontrado una nueva fórmula en Bilbao la Vieja: las 'lonjas patera'. Residentes en esta zona alertaron ayer sobre la existencia de una veintena de estos locales, en los que pueden llegar a vivir «hasta doce personas de forma clandestina», según denunció la vicepresidenta de la asociación de vecinos, Valentina Castresana.
Se trata de establecimientos que ocupan plantas bajas y que «parecen abandonados. Golpeas la puerta o la persiana y nadie acude a recibirte», pero la realidad es otra. En muchos casos, el propietario del inmueble ha decidido sacarse un 'pico' alquilando el espacio como si se tratase de una vivienda, sin que la lonja disponga del permiso municipal correspondiente. El portavoz del PP en el Ayuntamiento, Antonio Basagoiti, desveló ayer la ubicación de algunas de ellas sobre un mapa que engloba las calles Cortes, San Francisco, Cantalojas y Hernani. Lugares que fueron corroborados por los vecinos, a la vez que señalaban dos nuevos focos: Mena y la parte alta de Bilbao la Vieja, en la muga con el nuevo barrio de Miribilla. «Malviven como pueden y el Gobierno no hace nada», criticó Basagoiti.
El Ayuntamiento, a través de Surbisa, hizo pública ayer una nota en la que reconocía haber intervenido en el caso de la calle Hernani. Al parecer, el dueño del local, situado a la altura del número 17, solicitó en febrero de este año la licencia para acometer una serie de reformas para poder habilitarlo como estudio de pintura. Pero sus intenciones eran otras. La constante entrada y salida de gente de la lonja despertó las sospechas de los residentes del inmueble, que consultaron si era legal la conversión del bajo en vivienda. Al comprobar lo irregular de la situación, decidieron denunciarlo y fue sancionado el propietario, que además tuvo que retirar la cocina que había instalado. Desde entonces, según asegura Surbisa, el local «está vacío».
«Fantasmas» de día
La realidad, sin embargo, se antoja diferente. La lonja no está precintada y carece de un candado en condiciones. «Desde el Ayuntamiento pueden decir lo que quieran. La verdad es que aquí hay gente viviendo», repetía resignada una vecina de la misma calle. Todos coinciden a la hora de describir su forma de vida. «Es como la ley de los 'inquilinos patera'». Durante el día nadie les ve; están siempre fuera o eso es lo que parece. Cuando llega la noche, el recinto en cuestión empieza a cobrar vida. «Parecen fantasmas, hasta que no hay mucha gente y oyes el sonido de las persianas», detallan los vecinos.
El caso de Cantalojas es diferente. Sus inquilinos tienen menos cuidado a la hora de esconder su situación. Eso sí, hablar con ellos resulta casi imposible. Desde la calle se escucha la música de una emisora y, por un instante, da la sensación de que el antiguo bar Paco ha abierto de nuevo, aunque la idea se va de la cabeza cuando uno intenta acceder al local. Cerrado a cal y canto. Nadie responde, pero al mirar por una de las ventanas cruzadas de barrotes el peatón puede comprobar que son varias las personas que residen en la lonja. Dentro se amontonan una docena larga de sillas, varios sofás, una televisión de plasma panorámica y colchones en la parte de arriba, el altillo que fuera almacén. Aún así, ni un suspiro.
En la segunda pasada hay más suerte. La ventana está totalmente abierta y en su interior dos personas de origen africano conversan con total tranquilidad. «¿Qué buscan?», pregunta uno de ellos en un tono que no invita a la conversación. «No quiero decir nada. Soy inmigrante y aquí estamos bien», agrega. Cuando se les pregunta sobre las condiciones en las que viven su respuesta es inmediata: «No vamos a denunciar nada. ¿Para qué?, sólo queremos vivir nuestra vida».
Según los responsables municipales, en el número 1 de Cantalojas sólo existen dos locales. Uno de ellos está cerrado y ha solicitado la licencia para abrir un restaurante, mientras que el segundo «es un bar abierto al público». Se da la circunstancia de que es en esta última lonja donde residen los extranjeros con los que habló ayer EL CORREO. Además, no existe ningún indicio de actividad hostelera.