Domingo, 29 de octubre de 2006
Registro Hemeroteca

en

LA RIOJA

LA RIOJA
La imagen del coraje
Ovidia de Francisco, la primera mujer que trabajó como cámara de televisión en España, repasa su larga trayectoria profesional y personal
La imagen del coraje
FÚTBOL. Ovidia de Francisco, grabando un entrenamiento del Logroñés para TVE. / FOTO ALBE
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar
TODA UNA SAGA
Su esposo: Gabriel Alberola. Fotógrafo y corresponsal de TVE en La Rioja desde 1960. Murió cuatro años después.

Su hijo: Gabriel tomó el relevo de su padre desde niño. Falleció en accidente de avión mientras trabajaba.

Sus hijas: Las dos son periodistas. Mabel trabaja en Barcelona y Ovi, en TVE en La Rioja.

Publicidad

Quienes la conocen siempre la recuerdan con su cámara al hombro. Su figura capturando imágenes forma parte de la misma historia que ella contó a través de su objetivo. Las fotografías y escenas que grabó durante décadas se cuentan por millares. Trabajadora incansable, fue mujer de carácter y pionera en un mundo de hombres por el que nunca se dejó amedrentar. Forjada y forzada por las circunstancias, tuvo que tomar las riendas de una familia mermada por la prematura pérdida del cabeza de familia.

Ovidia de Francisco, Ovi para los amigos, que son muchos, resta importancia a los homenajes. Los cambiaría sin vacilar por haber podido cumplir los planes que fue trazando tras cambiar su Anguiano natal por la capital.

Su camino se cruzó con el de Gabriel Alberola. Torero de vocación, acabó dedicándose a la fotografía, otra de sus grandes pasiones. De alguna forma, aquella afición acabó transfiriéndose a los genes. Fue el comienzo de una saga que ha mantenido viva su memoria y su vocación.

Aunque, en gran parte, hay que achacarlo a las circunstancias. El 11 de abril de 1964, Gabriel fallecía con apenas treinta y tres años y su viuda tuvo que hacerse cargo del negocio para sacar adelante a sus tres hijos pequeños: Gabriel, Mabel y Ovi. Ellos fueron el principal legado de su marido, junto a un negocio próspero en el que el trabajo nunca faltaba.

Trabajos para TVE

A marchas forzadas y a base de corregir errores, fue aprendiendo los entresijos de la fotografía y del volante. Tampoco dudó a la hora de cargar con la cámara de vídeo para cubrir las noticias que le encargaban para la recién creada Televisión Española, labor que su esposo realizaba desde 1960.«Mi hermana me ayudó muchísimo con los niños para que yo pudiera centrarme en el trabajo. Dedicaba día y noche, laborables y festivos... A veces me daban las tres y las cuatro de la mañana en la tienda...».

En Madrid, conscientes de sus circunstancias, también se volcaron con ella. «Lo primero que grabé fue un reportaje en Clavijo y escuchaba a todo el mundo comentar: ¿esa no es la de 'Albe'? Pero me habían dicho que yo fuera a lo mío y no hiciera caso de los comentarios. Cuando les llevé el rollo, los montadores y los del laboratorio se portaron de maravilla y me explicaron lo que tenía que ir corrigiendo. Más adelante nos dieron un curso a todos los corresponsales y los profesores me cogieron mucho cariño. Hay que tener en cuenta que en aquella época no había mujeres que se dedicaran a esto», explica con naturalidad.

Sonríe al recordar uno de los primeros consejos que recibió: «Hay que aprender bien esto porque ahora parece que la televisión no tiene mucho futuro, pero algún día lo tendrá».

Genio y figura, aún se enciende al relatar los episodios en los que tuvo problemas por su condición de mujer. Como la vez que le impidieron grabar en el callejón por ir acompañada de una de sus hijas. «No me lo pensé y fui a hablar con el gobernador. ¿Vamos que si grabé! Además le dije al cacique que mientras yo tuviera manos para trabajar mis hijos no se morían de hambre».

Confiesa que su principal enemigo era la luz. «Me daba mucha vergüenza ver los primeros vídeos porque sacaba muchos fallos, pero en aquella época no podías hacer otra cosa... Por ejemplo, en el entierro de la Cuba siempre tenías problemas porque todo estaba a oscuras, lo mismo que en los partidos del Logroñés. La redactora Carmen y yo nos teníamos que subir hasta el tejado y desde allí en cuanto se hacía de noche, te puedes imaginar... Pero a fuerza de quejarnos algo de caso ya nos hicieron...», afirma rotunda.

La muerte de su hijo

Apenas unos años después su hijo Gabriel comenzó a mostrarse interesado por el oficio y se empeñaba en acompañar a su madre a los actos y hacer sus propias fotografías, siguiendo atentamente los consejos de su progenitora. «Una vez vino un ministro y se quedó tan sorprendido al verlo tan resulto y voluntarioso siendo apenas un niño, que al día siguiente le envió a casa un regalo».

Sus esfuerzos por hacer que su primogénito estudiara fueron inútiles. «Me decía: Mamá, quiero ser mayor para poder trabajar y que tú lo dejes y descanses...». Durante años fueron inseparables. Bilbao, Pamplona, San Sebastián, Zaragoza... Los pedidos se multiplicaban y, con ellos, las horas de trabajo para todos los miembros de la familia. Aunque sin duda era el joven el que parecía destinado a hacerse cargo del negocio. «Un año, en San Fermín, llamé a Madrid para pedir permiso para que me acompañara y me dijeron que, ese año, iba sólo él... Estuvo con Evaristo Cañete y Pepe Peciña, dos de los mejores reporteros y de los que aprendió mucho. Le tenían mucho cariño», cuenta.

Nada podía contener el ímpetu de su juventud y su carácter abierto. Y fue precisamente ese exceso de celo por el trabajo bien hecho el que acabó costándole la vida. Han pasado veintiocho años y Ovidia sigue sin poder controlar las lágrimas al recordar aquella fecha. Pero la relata con la misma entereza con la que la afrontó y con el ingrato consuelo de saber que murió haciendo lo que quería. «Su novia era la cámara. Aquel día yo tenía regatas en el pantano de Yesa y él una vuelta aérea desde Logroño a Santander. Me llamó a media mañana y me dijo que tenía la intuición de quién iba a ganar e iba a intentar cambiarse a ese avión. Recuerdo que de repente pensé: ¿Ay hijo! Yo en el agua y tú en el cielo... cualquier cosa que nos ocurra... Poco después me dijeron que su avión había desaparecido y que no podían buscarlo por la niebla. Me temí lo peor y fui a Castro con Mabel».

El relevo

Una vez allí, tuvo que enfrentarse al peor trago de su vida. Su hijo y los otros dos ocupantes yacían en el suelo. Tenía 19 años. «La única señal que tenía era una marca de la cámara en la cara porque estuvo grabando hasta el último segundo», recuerda emocionada.

Fue un golpe del que le costó recuperarse y si lo hizo fue gracias al apoyo de sus hijas, Mabel y Ovi. Entre las tres tomaron de nuevo las riendas del negocio. «Eran muy jóvenes y sacrificaron muchas cosas para estar conmigo. Eso sí, insistí en que estudiaran periodismo, algo que las dos consiguieron compatibilizándolo con el trabajo. Ellas redactaban, grababan, entrevistaban, mandaban las cintas... Fue sin duda la mejor escuela, pero muy dura».

Cuando nació su nieta, María, decidió que era momento de retirarse para disfrutar de su infancia. Y ahora es María la que está dispuesta a seguir sus pasos.

 
Vocento

Contactar | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Master El Correo