Jueves, 19 de octubre de 2006
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CULTURA

PAUL AUSTER, ESCRITOR
«Ni siquiera sé por qué escribo»
El novelista estadounidense recibirá mañana en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006
«Ni siquiera sé por qué escribo»
PREMIADO. Paul Auster dice que «la literatura no es un juego. Nunca me la tomo como una broma». / AFP
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Amarrado al 'smoke', humo negro, de un finísimo puro y a una copa de agua, inventor de soledades, militante del azar, Paul Auster, el amigo americano que mejor ha experimentado con la máquina de escribir, ha llegado a Oviedo para recoger mañana el Premio Príncipe Asturias de las Letras 2006. Esculpe cada respuesta con mimo y se confiesa admirador de Almodóvar.

-La trilogía de Nueva York que componen Arthur Miller, Woody Allen y usted se ha instalado en Oviedo. ¿Se siente como en una 'ciudad de cristal'?

-Cuando me comunicaron la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras me enviaron un fax en el que mencionaban otros dos americanos en la lista de ganadores: Arthur Miller y Susan Sontag; Woody poseía el de las Letras. Es un honor escoltarles.

-Hable de sus fantasmas. Usted confesó en 'A salto de mata' que había sido un escritor «fantasma».

-Cierto. Un 'negro' literario. Lo necesitaba para comer y sobrevivir. Fue en París. También trabajé como traductor y como cuidador de una finca.

-¿Cómo recuerda su etapa en un petrolero?

-¿Surcar los mares del sur? El segundo marido de mi madre -mi padrastro, que hace mucho tiempo que falleció- era abogado y regentaba una especie de lo que ustedes conocen como el 'Exxon Valdez', un petrolero. Si no tenías padrino, no te podías bautizar en el mar y le pedí que me echara un cable para enrolarme en el mercante. Fueron seis meses durante los que ahorré dinero para poder trasladarme a París.

-¿Pertenece usted al club de las novelas que nunca desearíamos dejar de leer?

-Eso es muy bonito. Pero no quiero jubilarme como escritor, aunque voy envejeciendo poco a poco.

«No es un juego»

-¿Cree en el azar?

-Hace muchos años, cuando era niño, me fui a un campamento infantil que no tiene nada que ver con las colonias que se estilan aquí en España. Llovía a mares y a un metro de mí un rayo fulminó a un niño. Me podía haber tocado a mí, pero el azar no quiso.

-¿Cree en la literatura como juego de azar?

-No. La literatura no es un juego. Pero eso no quiere decir que no sea divertida. Yo no me la tomo nunca como una broma. Supongo que algunos lectores habrán encontrado placer, otros inquietud y los de más allá apasionamiento. Lo que sí he aprendido de la literatura es lo imbécil y estúpido que soy.

-Explíquese.

-No es fácil escribir una novela. Puedes emplear de seis meses a veinte años. Tachas, rehaces, reescribes, borras y al final sale arte de esta profesión tan humilde. Todos los días me levanto de mi silla y exclamo: ¿Qué estupido soy! ¿Por qué? Porque he empleado ocho horas en un párrafo que podía haberlo escrito un niño. Cuando empecé en este oficio quería tener como mucho cinco lectores. No más. Y cuanto mayor me hago más entiendo lo poco que sé de las cosas. Ni siquiera sé por qué escribo. Hay algo dentro de mí que me lo pide.

-¿Cree en las musas? ¿Tiene alguna?

-Sí, mire. (Gira su cabeza a la izquierda, donde está su esposa). Es mi mujer y se llama Siri.

-Le dio usted voz a los desheredados de la literatura?

-Le di a la gente, llamémosle 'normal', la posibilidad de que se expresara. El 'famoseo' y el 'cotilleo' lo invaden todo. Lo concebí como un experimento filosófico, porque mi vida no tiene nada de extraordinario; es impredecible.

 
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