En sus instantáneas se ven los ojos de niños negros que miran con tristeza a la cámara, los de niñas que sonríen al objetivo como modelos, aunque apenas tengan ropa, o los de mayores felices. Miguel Parreño nos ofrece un viaje por otra cultura.
-La fotografía tiene el poder de hablar por sí misma. Pero, ¿se busca o es casual?
-La cuestión es saber estar y saber captarlo.
-¿Cómo llegó a este mundo?
-A través de mi profesión. Empecé con la pintura, no pude expresarme en ella y pasé a la fotografía.
-¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo? ¿y lo que menos?
-La satisfacción personal. Y lo que menos, que no desconectas.
-¿Con qué foto se queda?
-'El vuelo', de mi primera época. Ahora tengo unas cuantas.
-¿El poder de transmitir de una imagen es proporcional a la sensibilidad del fotógrafo?
-Sí, no se puede transmitir lo que no se siente.
-¿Ha pensado dos veces antes de hacer una foto?
-Sí, en un cementerio de Rumania. Y después me arrepentí.
-¿Hasta dónde un fotógrafo tiene que mantener a raya los sentimientos ante lo que está viendo?
-Hay dos formas, desde el punto de vista profesional e informativo, en el que no hay más remedio que comerse los sentimientos para informar, y el artístico, en el que a veces se hace demagogia para ganar premios.
-¿Qué le gustaría fotografiar?
-Teatro y a gente importante.
-¿Ve la vida en blanco y negro o en color?
-En color, aunque al principio lo veía todo en blanco y negro.