La consejera de Cultura del Gobierno vasco, Miren Azkarate, publicaba ayer en este periódico un texto en el que, en tono irritado, mostraba su desacuerdo con el contenido de un largo reportaje firmado por los autores de este artículo y aparecido en EL CORREO del 25 de septiembre, en el que hacíamos balance del Plan Vasco de la Cultura (PVC) dos años después de su presentación. El texto de la consejera confunde conceptos, hace una lectura distorsionada del reportaje, falta a la verdad y elude responsabilidades. Pero nunca se nos habría ocurrido contestarle si no hubiese sido porque pone en tela de juicio nuestra profesionalidad e independencia.
Confusión de conceptos. La consejera califica de reportaje «feroz», con «manifiesta intencionalidad política» y «evidente contenido ideológico» lo que básicamente era un repaso al cumplimiento de los compromisos adquiridos en el PVC. Azkarate confunde el examen de su gestión con la intencionalidad política. Y olvida que, en una sociedad democrática, una de las labores más importantes de la Prensa libre es controlar al Gobierno. Un olvido que nos preocupa porque de su departamento depende la mayor red de medios públicos vascos.
La consejera trata de confundir a la opinión pública cuando dice que no contrastamos la información. El reportaje está guiado por una veintena de especialistas en los diferentes ámbitos de la cultura vasca. Son tan buenos conocedores de los mismos que, en su mayoría, fueron convocados por su Departamento para participar en los trabajos previos del PVC. Azkarate falta a la verdad cuando sostiene que no acudimos a la fuente que tiene toda la información: su departamento. Ella sabe perfectamente que lo hicimos. Pero su asesor de comunicación se negó a contestarnos alegando que tenía prevista una conferencia de prensa para el lunes 26. Es decir, tuvieron la oportunidad -no podría ser de otra forma- de dar su versión y contestar a las críticas que otros vertían, pero no lo hicieron.
Otro error conceptual: ve la consejera de Cultura una contradicción en la tesis de nuestro reportaje, por cuanto defendemos por una parte que el Gobierno actúe y por otra que no lo haga. No hay tal tesis. Nosotros nos limitábamos a citar las opiniones dominantes dentro del sector.
Insiste además en que el Observatorio Vasco de la Cultura está en marcha, y no es así. A comienzos de verano, su departamento sacó a concurso la coordinación del Observatorio. Según hemos podido saber, ya ha sido resuelto el concurso, pero hasta ayer el BOPV no había publicado el nombre de la empresa ganadora, por lo que ese organismo no ha empezado a trabajar. En cualquier caso, Cultura lleva también en esto al menos un año de retraso.
Lectura distorsionada. Al principio del reportaje explicábamos que Cultura había hecho en estos dos años numerosos estudios y adoptado medidas de relevancia menor. El análisis lo centrábamos en los grandes asuntos. Si a la consejera le parecen trascendentales medidas de política cultural el carné único para las bibliotecas, el boletín del sistema bibliotecario, las sucesivas reuniones entre administraciones y la renovación de equipos de trabajo, tenemos poco que añadir. Sin embargo, tampoco podemos pasar por alto que cita varias medidas de las que hablamos en nuestro reportaje diciendo que espera que estén listas para el final de la legislatura. Puede ser. El problema es que en el PVC se fijan unos plazos que ya han vencido. Eso se llama retrasos. Y un último asunto. Dice la consejera que minimizamos o recibimos mal al Instituto Etxepare. ¿Dónde lo ha leído? Nosotros lo destacábamos como uno de los pocos aspectos positivos.
Elusión de responsabilidades. La consejera nos sorprende cuando argumenta que nosotros obviamos que no es posible tener un Plan de Museos sin una Ley de Museos. ¿Y quién tiene la responsabilidad de enviar al Parlamento con plazo suficiente el proyecto de Ley de Museos? Respuesta: la consejera de Cultura. Algo parecido sucede con la Sinfónica de Euskadi. Azkarate olvida que es una sociedad de capital público cuyo consejo preside... ella misma.
Al final, aunque a regañadientes, nos da la razón en cuanto al incumplimiento de ETB sobre el 5% de inversión en cine. A cambio, se atribuye un éxito que no le corresponde: el del Guggenheim, cuyo proyecto y modelo museístico es muy anterior al PVC.
En resumen, que ha hecho la lectura que ha querido del reportaje, pone en solfa nuestro trabajo profesional y nos atribuye unas intenciones que no tenemos. Esperamos, por el porvenir de su carrera, que no culpe también al lehendakari de «manifiesta intencionalidad política» por el hecho de que, en la larga y minuciosa enumeración de logros de su Gobierno a lo largo de los últimos meses, en el último pleno de Política General, dedicara sólo 38 palabras a iniciativas de su Departamento. Y, significativamente, ni nombró el Plan Vasco de Cultura.
La consejera, en fin, tiene un problema: que el mundo cultural vasco ve con escepticismo el PVC y la gestión que de él se hace. Muchos porque aunque crean necesarias algunas medidas contempladas deploran la filosofía sobre la que se sustenta, y otros, que están de acuerdo en líneas generales con su contenido, porque detectan las numerosas carencias habidas en su ejecución.
La nave va, aunque con indicios de que navega a la deriva. Pero pese a esta crítica, la consejera tiene pruebas sobradas de que este periódico siempre ha apoyado los grandes proyectos culturales del país. Y va a seguir haciéndolo.