Cuando alguien llega a Glencree -un antiguo cuartel militar construido en el final del siglo XVIII por el poder británico en las montañas de Wicklow, al sur de Dublín, para contener la sublevación de 1798; después, orfanato administrado por la Iglesia Católica; finalmente, convertido en Centro para la Paz y la Reconciliación- la palabra que más escucha es 'healing', curación.
En la recepción del centro hay dos fotos de Bertie Ahern y de Tony Blair, que ilustran sendos mensajes de los primeros ministros que firmaron el Acuerdo de Viernes Santo en los que elogian la labor de Glencree. En un libro que narra la historia del centro, hay un mensaje muy personal y elogioso del Príncipe de Gales. Y, entre los donantes que permiten su supervivencia, hay embajadas o empresas privadas importantes.
Glencree ha sembrado a lo largo de dos décadas, pero especialmente a partir de 1994, la semilla de un proceso más hondo, más individualizado, que el del proceso político de negociación y fin de la violencia.
Allí se cree, según la jefe ejecutiva del centro, Máirín Colleary, que «el proceso es lo que importa», que «el proceso es el producto». Ian White, que fue el 'alma mater' de Glencree en el principio de la nueva fase, en los años noventa, dice que ese proceso seguirá durante dos o tres décadas y que «la aspiración no es resolverlo, sino gestionarlo de tal modo que no sea violento».
Sustrato
El centro ha tenido un papel muy importante en facilitar el encuentro político. En los primeros tiempos, organizó viajes conjuntos a Sudáfrica de políticos que serían los futuros protagonistas del proceso de paz y que no se conocían ni compartían espacios físicos en la sociedad norirlandesa dividida en guetos.
Ahora, cuando el problema en la política es la desconfianza de los unionistas del DUP, que no quieren entrevistarse con el Sinn Fein, en Glencree promueven encuentros entre miembros del DUP y políticos de la Irlanda republicana del sur. Con frecuencia en el nivel de subliderazgo, abonando el entendimiento futuro.
Las técnicas del encuentro son calculadas con esmero. Los protagonistas deciden su agenda, que luego se pone en común. El desarrollo de la estancia, normalmente de un fin de semana, y de las deliberaciones es controlado por los responsables de Glencree, con ayuda de voluntarios internacionales que residen en el centro, que funciona también como albergue. Y el requisito es que el personal de Glencree no revelará nunca el contenido de las conversaciones y que los protagonistas no podrán atribuir a ninguna persona concreta lo que han oído allí.
Ese trabajo con políticos ha permitido a Glencree convertirse en un lugar de referencia internacional, en una ONG que, según Colleary, sigue el modelo noruego de complementar al Gobierno irlandés, en hacer aquello a lo que los gobiernos no llegan. Están presentes con programas en Colombia, en Haití o en Sri Lanka.
EL CORREO asistió a una cena compartida por un ex ministro de la Autoridad Palestina y un representante de los 'kibutzin' del norte de Israel, en la que los miembros de Glencree y políticos irlandseses se afanaban en explicar las concepciones protestante o católica sobre castigo o perdón para compararlas con las ideas mahometana o judaísta.
Perdón o castigo
Si la mediación con políticos intenta proyectarse en el futuro, la que Glencree desarrolla entre víctimas y perpetradores de crímenes se inicia inevitablemente con una mirada hacia el pasado.
Jacinta de Paor es coordinadora del programa de víctimas en Glencree. Uno de sus programas puede tener una duración de entre sesis meses y un año. Y cada año acogen a unas 200 ó 300 personas.
Es esa experiencia la que da sentido a la palabra curación, en un mundo en el que el léxico está cargado de connotaciones que pueden causar irritación. El vocabulario de Glencree llama 'ex combatientes' a los soldados, policías o ex terroristas que acuden al centro, con el afán simple de evitar que el uso de una palabra determinada impida el comienzo de su trabajo.
¿Buscan la escenificación del perdón?, como ocurrió en un reciente programa de la televisión BBC, en el que el arzobispo anglicano Desmond Tutu ejerció como mediador. La respuesta es no.
Paor cita el ejemplo de Colin Parry, cuyo hijo, Tim, murió en 1993, a los 12 años, víctima de una bomba del IRA en la ciudad inglesa de Warrington. Cuando han preguntado a Parry si perdona a quienes asesinaron a su hijo, él siempre ha respondido que nunca lo hará. Pero al mismo tiempo ha creado un centro -'Children for Peace', niños por la paz- con el objetivo de avanzar desde su condición de víctima.
La experiencia de Glencree muestra que quienes han perpetrado crímenes en Irlanda del Norte no están dispuestos a pedir perdón, aunque sí lo están a manifestar su lamento por la pérdida de seres queridos por quienes tienen frente a sí.
Otra conclusión de esa experiencia es que son muy pocas las víctimas que quieren encontrarse con las personas que perpetraron el crimen concreto que les dañó. Lo que buscan, según De Paor, es entender.
Entender por qué razón alguien entró en un grupo terrorista o cómo llegó a la convicción de matar. Es en ese proceso de entendimiento -en comprender la mutua humanidad de víctima y verdugo- en donde se abre el camino, según De Paor, para abandonar la paralizante condición de víctima y curar.