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Viernes, 15 de septiembre de 2006
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CICLISMO
El poder de Kazajistán
Vinokourov sentencia la Vuelta en La Pandera y comparte el triunfo de etapa con Kashechkin
El poder de Kazajistán
A DÚO. Kashechkin y Vinokourov alzan los brazos al cruzar la línea de meta de La Pandera. / EFE
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Suena la pandera. Tam. Tam. Es un eco potente. Desde la cresta de Jaén al desierto de Asia, a Kazajistán. Un páramo de oriente. Seis habitantes por kilómetro. Desperdigados siempre. Reunidos ayer por un tam, tam. El de La Pandera, la última cima de la Vuelta. Tam, tam. Quince millones de kazajos encuadrados en los ángulos de la pantalla, sorbiendo las imágenes rebotadas desde Eurosport Rusia. La televisión como objeto de culto. Desde el pastor estepario hasta el presidente de la nueva república. Kashechkin, el ganador de la etapa, y Vinokourov, el de la Vuelta, cruzaron juntos la meta pasadas las cinco de la tarde. En La Pandera. Tam, tam. En Astaná, la capital kazaja, eran las diez y pico de la noche. Hora punta. 'Prime time'. El 'Gran Hermano' del ciclismo. El corazón de Asia viendo cómo dos de sus escasos vecinos colonizaban la Vuelta. Un país atento al rostro de ajusticiado de Valverde. Todos clavados en el sillín de sus dos compatriotas. Escuchando cómo Kashechkin y Vinokourov se abrazaban en la meta. Abrazándose con ellos. Una multitud tras sus huellas. Con el oído en La Pandera. Tam, tam.... Y el sonido de esa doble victoria enderezó los pasos hacia su casa, a Kazajistán. A dónde va ya la Vuelta.

«¿Espera que Valverde ataque en la etapa de mañana?». Vinokourov, la diana de esa pregunta, se toma un segundo para la respuesta. Una mueca pícara. Y resume en dos palabras lo que queda de carrera: «No creo». Seguro. Líder por aplastamiento. Zar. Su príncipe, Kaschechkin, celebra la gracia de su monarca. Él también tiene la suya: «Me ha gustado el ritmo que ha puesto el Islas Baleares». No es el arte del disimulo una virtud kazaja. Al pan, pan y al vino... Vinokourov. Su padre tuvo que colgarse del tejado de casa para, con cables y alambres, montar una antena casera, la única vía de acceso para que el chaval pudiera ver un deporte extraño, exótico, europeo: el ciclismo. Esos fueron sus dibujos animados. Una fantasía. Un imposible. Como empezar a competir con la bicicleta de un amigo, hecha a mano, hasta montar la suya: con cada triunfo recibía un pieza de premio. Un sillín, un manillar. Pronto la completó. Su ciclismo y su vida eran artesanales. Entonces, ver Eurosport era algo furtivo. Ayer fue masivo. Por culpa de Alexandre (Vinokourov) y de Andrey (Kashechkin).

La Vuelta consumió ayer lo que le quedaba de su mucha emoción. En La Pandera quedó una rúbrica en el aire. Vuelta 2006. Firmado: A. V. Hace apenas un par de días, a esas iniciales se ajustaba como un guante Alejandro Valverde. Pero resultó una errata. A. V., de Alexandre Vinokourov. El mejor de la carrera. Sin duda. Por táctica, la del Astaná, y por piernas, las suyas y las de Kashechkin. «Por la mañana he dicho a mis compañeros que la mejor defensa es un ataque», dijo en la meta A.V. Tópico. Fácil de decir. Más difícil de hacer. De hecho, lo intentó el Islas Baleares. Encabritó la etapa, anuló fugas y tensó los puños antes de la subida a La Pandera. Pereiro, Arroyo, Zandio, Karpets... La columna de un templo que iba hacia su ruina. Ya era tarde. Mayo, con más ganas que músculo y Egoi Martínez, merecido rey de la montaña, fueron los últimos que cayeron aplastados por el rodillo de los muchachos de Valverde.

La cáscara de La Pandera

La cuesta, La Pandera, empezaba a mostrar su cáscara. Abrupta, pelada, bajo una nube que cerraba el paisaje, junto a un viento de otoño, agachado. El Islas Baleares mantenía su desfile. Arroyo se quitó en el inicio de la montaña. A Zandio le correspondió una rampa del 14%. Dominó. A Karpets, un rato al 17%. Y a Joaquín Rodríguez, al último valedor de Valverde, le tocó asistir a la rendición de su líder. 'Balaverde' cayó como es: al ataque. Media docena de pedaladas apresuradas para coger a Marchante y a Kashechkin, que se había atrevido con la subida. Igual que Sastre, al que luego se le vino la Vuelta encima. Como Antón, un ciclista que acelera la construcción de su futuro. Valverde salió a por ellos. Y en eso, sonó por primera vez La Pandera. Tam, tam. Vinokourov sobrepujó en la rampa más pelada. Bebía su propio aliento. Blanqueado por el frío. Con el 39x25. Con sus piernas compactas. Fue una detonación, el inicio del concierto kazajo en La Pandera.

Crujía Valverde. Por un momento, ni pudo seguir a Joaquín Rodríguez. En ese momento, la Vuelta atravesó una zona de silencio. Honor al caído. Al resucitado: el murciano se rehizo de forma encomiable. Es orgulloso. Pero llevaba los músculos de serrín. Ya no vio más a los kazajos: ni a Vinokourov, que iba solo, ni a Kashechkin, que le cogió luego. El esfuerzo resultó imposible. Los dos asiáticos se anudaron en un abrazo en la meta. Con tiempo de sobra para ganar la etapa con el joven y la Vuelta con el viejo. En La Pandera, un campo magnético hacia donde se orientaba todo un país. Kazajistán. Tam, tam. Una Vuelta a dúo.



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