Todo regresa a Béjar. La Vuelta a España y Roberto Heras. La carrera concluye hoy en La Covatilla, la estación de esquí charra, la que sombrea Béjar. Y allí también ha retornado el ganador desposeído de la última edición de la ronda. Dejó su chalet de Girona, le dio la espalda al mar y se giró hacia su casa. A Candelario, a Béjar, el espejo que le devuelve más amigos. «Nunca me he sentido tan querido como ahora», declaró. La última mudanza.
Heras supo que su bicicleta se detenía definitivamente en marzo, cuando presentó un recurso ante la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, con sede en Valladolid, contra la suspensión de dos años que por dopaje le había impuesto la Federación española. Ese paso hacia delante era su final como ciclista. Lo sabía. El laberinto judicial es lento. No sabe de contrarrelojs. Pidió una suspensión cautelar y se la negaron. La volvió a reclamar. Ya no tendría nunca más un dorsal. Sólo amasaba una esperanza: rescatar su honor deportivo, ahora roto. Ésa es su carrera desde entonces. La disputa en casa, en Béjar.
Historia repetida. Escena del ciclismo contemporáneo. Una más. El pasado 27 de octubre, mes y pico después de celebrar en La Castellana su cuarta Vuelta, la del récord de victorias, Heras pasaba el día con su esposa, su hermano y su cuñada. Una velada. El teléfono la rompió con un escalofrío. Era Manolo Saiz, su director en el Liberty Seguros. Positivo por EPO en la última contrarreloj. «Al principio se te cae el mundo encima. Pero supe que tenía que empezar una lucha desde ese mismo día», dijo el bejarano en la 'Tribuna de Salamanca'. Pronto comenzó a crecer la soledad. Cercado. Otro naúfrago de un deporte a la deriva. El equipo, con la normativa en la mano, le apartó. Se quedó con el apoyo de los suyos, de su pueblo y de algunos compañeros, como «Alejandro Valverde», que publicamente se juramentó con él. Otros lo hicieron en privado. Así funciona esto.
«No quiero ser recordado así. Creo que soy algo más que todo esto». Béjar se convirtió en su refugio. El pueblo se manifestó a su favor. Allí le creen. Heras pasó el invierno fiel a sus pautas: sobre la bicicleta. «Dos, tres y hasta cuatro horas». Pedaleando hacia ninguna parte. La sanción federativa concluirá cuando tenga 34 años y hasta los 36 no podría fichar por un equipo del UCI Pro Tour.
Declarado culpable
Rodaba pero sin levantar la mirada del suelo. Se sabía perdido para el ciclismo, aunque aún amasaba una esperanza. Pasaba tardes retrepado en el sillón, con un ovillo en la cabeza. ¿Y si no hay salida? Pensó en estudiar, en ser preparador deportivo, en otra carrera: universitaria. INEF. En reanudar otra vida. Aún era enero. Sus abogados le hablaban de errores en el procedimiento, de fallos en el método analítico de EPO. Unas semanas después, la Federación cerró su expediente. Culpable. Dos años de sanción. Esto es, apartado para siempre. Y Heras redescubrió Béjar.
La de hoy iba a ser una etapa de homenaje. Al hombre-Vuelta, al que había superado la plusmarca de Rominger de tres victorias. No lo será. La Vuelta no habla de Heras. Se siente engañada. Timada por un aditivo de tres siglas, EPO, que le manchó la última edición. En Béjar hay otra lectura. «Salgo a la calle y la gente me apoya muchísimo. Pero no sólo en Béjar, sino en cualquier sitio. Me dicen que no se lo pueden creer». Se resiste a su nueva condición, la de muñeco roto. «Quiero que los ciclistas sean tratados con dignidad, con el mismo baremo que el resto de los deportistas». En Béjar están con él. Hoy pasará por allí su carrera, pero sin mirarle a la cara. Hace un año era un ídolo. Hoy es una errata repetida en la historia de la carrera.