ROBERT BASIC Creer y compartir los «valores de siempre». Son los dos principios vitales básicos de unos peregrinos preocupados por el «hundimiento» del concepto tradicional de la familia. Muchos no entienden «cómo pueden legislarse en igualdad de condiciones dos realidades distintas». Los matrimonios homosexuales escuecen. Tanto que algunos de los viajeros vaticinan que este tipo de uniones, «por derecho natural», no llegarán a desarrollarse nunca como una «familia de verdad». En realidad, el problema es puramente terminológico: lo que molesta es el uso de la palabra 'matrimonio' para referirse a una relación entre dos personas del mismo sexo. «No estamos en contra de que se reconozcan sus derechos civiles. Lo que no nos parece bien es que se emplee un término correspondiente a las parejas heterosexuales».
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Hay católicos que se sienten incomprendidos en un mundo mayoritariamente creyente, pero cada vez menos practicante. Por eso, un acontecimiento como la visita papal puede resultar balsámico, la oportunidad de alcanzar la comunión con otros que entienden la fe en sus mismas claves. Así que poco importan el calor o la incomodidad de un largo viaje en autobús si el premio es tan alto. Eso sí, amenizado con charlas, meditaciones, oraciones a cargo de don José Luis -teólogo, sacerdote de la 'obra' e ingeniero industrial- y mucho humor. Cerca de 250 católicos vascos -una expedición organizada por el colegio Gaztelueta de Leioa- arribaron ayer en cinco autocares a la capital del Turia para llenar sus corazones «de esperanza y amor». Niños, adolescentes, jóvenes, mayores, casados y solteros, se dejaron guiar por la brújula de la fe y un deseo: posar su mirada en la figura del Santo Padre Benedicto XVI.
A Iñaki Romaña le quedan tres meses de soltería. Casi nada. En octubre se casará con Marta, su novia desde hace un año y medio, tiempo «suficiente» como para saber que quiere envejecer con ella. Tiene 27 años -«¿De Bilbao de toda la vida!»-, trabaja en un banco de San Sebastián y profesa una devoción incondicional hacia el Athletic de sus amores. Este fin de semana, sin embargo, ha cambiado la bandera rojiblanca por el escudo de la fe para asistir al V Encuentro de las Familias que se celebra en Valencia. «Quiero ver al Papa, escuchar lo que dice y disfrutar de un ambiente excepcional que te permite crecer como persona».
Iñaki habla de forma pausada, piensa antes de contestar y escruta el horizonte levantino en busca de respuestas. A su alrededor, un montón de niños colgados de los cuellos de sus padres. También bolsas, maletas y banderines. Lleva una cadena de oro con un escapulario; la Virgen del Carmen le roza el corazón. La fe está en él, y también en los símbolos que porta. Le duele la España de hoy, un país que «está perdiendo valores de siempre» y que socava uno de los pilares «en los que se cimenta nuestra existencia: la familia». Con gorra y mochila de tonos blancos y amarillos, como la bandera vaticana, dice rotundo que «hoy en día es muy difícil ser católico». ¿Por qué? «Porque la gente nos ve como a bichos raros. No entienden que vayas a misa y creas en Dios. ¿Está pasado de moda! Por eso estoy en Valencia, para compartir un mismo sentimiento con un montón de personas que opinan igual que yo».
Realidades distintas
Cuando el Papa apareció anoche en el puente de Monteolivete, en mitad de la vanguardista Ciudad de las Artes y las Ciencias, las mejillas de Rebeca González se volvieron saladas. Es el sabor de la emoción. «Soy muy 'sensiblera', de lágrima fácil. He llegado hasta aquí para verle, oír lo que nos tiene que decir, estar cerca de una persona que significa mucho para mí».
Esta vitoriana de 30 años y sonrisa perenne arropada por su marido Mikel quiere absorber el mensaje de Benedicto XVI para convertirse en su altavoz entre amigos y familiares. Casada y con dos niños, ejerce de profesora en el colegio vizcaíno de Seaska y vive intensamente su fe sin preocuparse por lo que puedan pensar los demás. «El tipo de vida que llevo -cuando tenía 12 años se fue por primera vez con unas amigas a Santiago de Compostela para seguir a Juan Pablo II- me proporciona mucha satisfacción. Siento la cercanía de Dios, sigo la doctrina de la Iglesia católica, mis creencias son muy firmes y la familia es todo mi mundo, así que no puedo perder el norte. ¿No quería mi concepto de la felicidad? Pues aquí lo tiene».
Entre los peregrinos vascos, desparramados por una Valencia engalanada y caótica, se encuentra Juan Marín Sánchez, un vecino de Erandio de 59 años que espera jubilarse a los 60 para dedicar su vida a «ayudar a los demás». A Juan, que se gana el pan de cada día como mayorista de vinos y licores, le fastidian muchas cosas. A saber: que le tachen de «raro» por su forma de ver y vivir la vida; que «llamen matrimonio a lo que no es»; que piensen que «por ser católico soy tonto»; y que haya gente «a favor de la eutanasia». Esto último le saca de quicio, sobre todo teniendo en la familia a «un hijo médico». «A los enfermos se les dan todos los cuidados necesarios, pero nunca veneno». Su mujer, Reme, antigua empleada de Telefónica de 64 años -«me lleva unos poquitos», se justifica Juan-, escucha las palabras de su esposo.
El objetivo de un peregrino no es otro que encontrar la «paz» y el «amor» en un Papa que tiene la difícil tarea de hacerse con un hueco en los corazones de los más de mil millones de católicos de todo el mundo. Y en el de José Antonio Rosado también. En Vitoria hizo las maletas y se plantó en Valencia con dos «íntimos amigos» para reafirmarse en los «valores y virtudes que me ha inculcado el Evangelio».
A sus 22 años está a punto de terminar la carrera de Políticas que, desde hace cuatro, cursa en Leioa. Considera «antinatural» que dos hombres o mujeres se casen, pero está seguro de que Jesucristo «no les hubiera echado de la Iglesia». Envuelto en un ambiente festivo salpicado de guitarras y banderas, con un calor asfixiante y una humedad que deshidrata, zanja la conversación con un autorretrato: «No me pasa nada. No soy un loco ni un chiflado. Sólo tengo fe en Dios».