El Correo Digital
Domingo, 9 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Responsabilidad y eficacia
Si algo distingue a la política democrática, a la política posible en el contexto de la aconfesionalidad del Estado de Derecho, es que se desarrolla en un ámbito en el que las verdades últimas, las confesiones de valores últimos, las convicciones absolutas deben quedar al margen. Esta afirmación no significa abrir las compuertas al relativismo total: el ámbito de lo público, el ámbito de la política democrática, es un ámbito delimitado por el principio de que no puede haber una verdad absoluta, y que por ello es necesario que todos actúen en el respeto a las reglas acordadas y pactadas, en un horizonte de respeto a los derechos humanos fundamentales, recordando siempre el consejo de Michael Walzer de que esos derechos humanos fundamentales deben ser pocos para que puedan realmente ser universales.

Esta comprensión de la política democrática es reflejo de la comprensión del derecho en el Estado moderno: el derecho se fundamenta en sí mismo, el derecho es derecho positivo, lo cual no impide que sobre esa base se pueda construir una teoría garantista del derecho constitucional: el positivismo del derecho no es absoluto, sino limitado, sin que ello implique abrir el camino a un derecho natural metafísico.

No todos los fundamentalismos son religiosos. Nadie está libre de la tentación del fundamentalismo. La cultura democrática exige una alerta permanente sobre los peligros del fundamentalismo. La defensa de principios absolutos, la elevación a principio absoluto irrenunciable de las convicciones propias puede abrir el camino al fundamentalismo. Todo actor político, todos los partidos políticos deben ejercer la autocrítica para evitar que la tendencia al fundamentalismo anide en sus discursos y en su comportamientos. También la declaración del relativismo como principio puede llevar al fundamentalismo. Al igual que una política basada únicamente en principios absolutos, al igual que una política que se dedica permanentemente a elevar a principio absoluto todo lo que va encontrando por el camino.

El Partido Popular atraviesa unos momentos en los que, por las razones que sea, la tentación del fundamentalismo le puede. Todo lo que sucede en la política española lo ve desde el prisma de la relación que pueda tener con principios absolutos. En el terreno de la política antiterrorista, de la política que persigue el fin de ETA -eso que algunos, incluido el Gobierno de Zapatero llaman el proceso de paz-, cualquier táctica, cualquier medida, cualquier paso es visto y juzgado por el PP 'sub specie aeternitatis', bajo el prisma de la eternidad de principios absolutos. Todo se le convierte al PP en línea roja. No existe margen alguno para el matiz, para la crítica razonada, para la diferencia, para la felixibilidad, para la diferencia en la interpretación. La apuesta política se basa en el todo o nada.

Y esa política la presenta el PP acompañada del discurso de la responsabilidad. Pero el efecto es el contrario. El efecto es la esterilidad de la posición política propia. El efecto es la incapacidad de una crítica efectiva. El efecto es la nula incidencia en el acontecer histórico. El efecto es quedarse al margen de lo que sucede, de lo que puede suceder. Para mantenerse puro, para no ensuciarse las manos, olvidando el comentario de aquel viejo profesor que decía a sus estudiantes: Es cierto que los idealistas nunca se ensucian las manos; pero no porque sean mejores que vosotros. Es que no tienen manos.

El PP se está quedando sin manos, sin capacidad de incidir en la política refugiado como está en el santuario de principios absolutos, santuario del que no quiere salir para no ensuciarse. Está comprando la pureza de sus posiciones doctrinales al precio de la esterilidad completa.

El problema para la política vasca y española no es el futuro del PP, un futuro que a muchos puede dejar fríos. El problema es que en la coyuntura política actual, teniendo entre manos la cuestión de la posible desaparición definitiva de ETA, la sociedad vasca y la sociedad española necesitan de un PP que sepa y acierte a hacer política.

Es probablemente tan cierto que el PP ha buscado la soledad política como que ha sido empujado a ella. Es probable que muchas llamadas a que participe en el consenso se hacen de forma que empujen a lo contrario, o que busquen intencionadamente lo contrario. Pero la responsabilidad política exige del PP que sepa hacer frente a todo ello y busque el camino de incidir en lo que está sucediendo sin dejar de mantener la capacidad crítica. El mayor error que puede cometer es el de creer que no es posible combinar un apoyo en lo fundamental al Gobierno -desaparición de ETA sin pago de precio político, entendiendo por éste cambios sustanciales en el corpus constitucional actual, Constitución y Estatuto de Gernika- y capacidad de crítica a tácticas concretas, a decisiones concretas.

Es legítimo pensar que hubiera sido mejor continuar con la estrategia de seguir debilitando a ETA-Batasuna durante algún tiempo. Es legítimo pensar que ETA no ha variado su proyecto político y que conviene ser cauteloso y hasta escéptico con su voluntad de renunciar definitivamente a la violencia y el terror. Es legítimo albergar críticas sobre la metodología de las dos mesas, pensar que la mesa política, la que se encargue de la reforma del Estatuto de Gernika, debiera reunirse en el Parlamento vasco, pensar que adoptar la teminología y el método de las dos mesas es ya una concesión grande a ETA-Batasuna. Es legítimo estar en contra de los paralelismos que se trazan actualmente entre lo que hizo Aznar y lo que se trata de hacer ahora: en el entretiempo han sucedido cosas suficientemente importantes como para hacer casi imposible el paralelismo, fundamentalmente haber descubierto la capacidad de actuación del Estado de Derecho para debilitar a ETA y aproximar su derrota. Nadie le puede pedir al PP que renuncie a mantener todas estas líneas críticas y otras. Pero para que estas críticas sean efectivas, deben ser formuladas no desde el exilio de la ruptura total con el Gobierno, sino desde la posición de un apoyo básico en lo fundamental, manteniendo la libertad y la responsabilidad política de la crítica constructiva.

El PP debe variar su política, no para que Zapatero se ponga las medallas, sino para que lo que se haga se haga bien, mejor de lo que se haría sin el PP. El PP debe variar su política en estas cuestiones, especialmente repensar su ruptura con el Gobierno -lo que no significa que diga que le parece bien la reunión del PSE con Batasuna, aunque lo vistan de reunión con la izquierda abertzale- para estar presente con el peso de fundamental fuerza de oposición en España y fuerza política con importante presencia en la sociedad vasca en todo lo que se vaya haciendo.

La sociedad vasca necesita a un PP efectivo, necesita a un PP crítico pero responsable, capaz de hacer que su crítica no se pierda en la esterilidad de la pureza. Por lo que está en juego. Por los miles y miles de ciudadanos que representan. Para que el futuro de la sociedad vasca se escriba con su aportación. Porque ese futuro será un futuro mutilado si ellos no están, si se autoexcluyen como dirán sus adversarios políticos, si los excluyen como dirán ellos.

La sociedad vasca necesita al PP dentro del terreno de juego, sin rupturas radicales con el Gobierno de Zapatero para que la posición de que 'la razón que sirvió a ETA para asesinar no puede ser la razón sobre la que se construya el futuro de Euskadi' cobre más fuerza, se sume a las posiciones que caminan en esa misma dirección, aunque a veces las formulaciones puedan parecer distintas. La sociedad vasca necesita al PP dentro del debate político, y no como espectador supercrítico desde los márgenes, para que el discurso del pluralismo de la sociedad vasca tenga más peso y para que la exigencia de transversalidad, de la necesidad de pactos entre distintos tenga más peso, más representación, más fuerza. Porque el debate que viene no es un debate de principios éticos abstractos, sino el debate de la traducción a la política de esos principios éticos. Y un partido político tiene que hacer política, no convertirse en la iglesia de los santos, a lo Cronwell y Milton: todos estos intentos fracasan, gracias a Dios.

Todos los políticos, especialmente los que están en peligro de ceder ante tentaciones fundamentalistas, debieran leer un relato largo de Heinrich von Kleist titulado 'Michael Kohlhaas'. En él narra el autor el viaje de alguien que ha sufrido una injusticia en busca de la justicia, cayendo presa de la injusticia provocada por el fundamentalismo de sus propios principios.



Vocento
[an error occurred while processing this directive]