El Correo Digital
Lunes, 3 de julio de 2006
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OPINIÓN
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Dos modelos de liderazgo mundial
Los europeos del siglo XXI soñamos con que Europa, la Unión Europea, sea capaz de dar forma a un nuevo orden internacional diferente del norteamericano, transformando en fuerza la debilidad que en ella se percibe y desechando la idea convencional de que la división y el declive europeos son inevitables. Y ello debe ser así porque su crucial importancia en el escenario mundial, su potencial y su futuro son enormes. La Unión no es débil, ni inútil, ni está muerta como muchos de sus detractores vaticinan en cuanto tienen ocasión. A diferencia de EE UU, trabaja contra la intimidación y la imposición de su voluntad y, al amparo de sus valores, acerca a otros países en lugar de enfrentarlos. La 'maraña' democrática que los ciudadanos vislumbramos en Bruselas y Estrasburgo no debe taparnos la visión de que fundamentalmente es un modelo revolucionario para el futuro.

Hace poco más de una semana se celebró en Viena la enésima cumbre entre las dos grandes potencias mundiales, Unión Europea y EE UU, en la que ambas 'estrecharon', como en todas las anteriores desde 1953, lazos políticos y económicos de cara a liderar el planeta en los años venideros. Los desencuentros políticos y económicos entre los dos principales socios comerciales del mundo son patentes, aunque es conveniente recordar que los múltiples contactos que desde el mencionado año de 1953 han mantenido las dos potencias han permitido crear un marco claro en las relaciones trasatlánticas que se ha ido modificando acorde a los cambios que los nuevos tiempos traían. A lo largo de estos más de cincuenta años la cooperación entre ambas partes ha avanzado mucho (sistemas de navegación por satélite Galileo y GPS firmados en la cumbre de 2004, acuerdo para crear un espacio aéreo liberalizado común denominado 'Cielos Abiertos' que entrará en vigor el año que viene, etcétera), pero aún quedan numerosos temas que se interpretan de forma muy diferente, como el Protocolo de Kioto, la aplicación de la convención para la tortura, la pena de muerte en EE UU, la lucha contra el terrorismo y la existencia de la cárcel de Guantánamo, entre otros.

A pesar de que las discrepancias políticas y de derechos humanos se ven ampliamente superadas por los conflictos económicos que capitalizan las diferencias entre Bruselas y Washington (recordemos la multa que la UE puso a la empresa Microsoft hace dos años y el juicio en el Tribunal de Primera Instancia de la misma en 2005), los contactos y las reuniones también han ofrecido frutos importantes en política exterior, como la colaboración en los procesos democráticos de Líbano y Egipto, la participación junto con Rusia y la ONU en la solución del conflicto palestino-israelí, la coordinación de esfuerzos en ayuda humanitaria y tareas de reconstrucción tras la guerra de los Balcanes o la asistencia en Afganistán tras la caída del régimen talibán en 2001.

La UE está intentando desde hace algunos años contrarrestar el monopolio estadounidense en campos como el tecnológico y la defensa, sin descuidar otros de ámbito cultural. Para ello se han elaborado proyectos e impulsado iniciativas comunitarias como el caso de la Agencia Especial Europea (ESA), creada en 1975 para hacer sombra a la NASA y en la que participan 17 estados del continente, la creación cinco años antes de la empresa Airbus para competir con el principal fabricante de aviones del mundo, la estadounidense Boeing y la iniciativa comunitaria (Durao Barroso, 2005), aún sólo una idea, de crear un Instituto Europeo de Tecnología o lo que es lo mismo, una red que conectaría los mejores centros de investigación europeos, a modo y semejanza del Instituto de Tecnología de Massachussets, y que evitaría la fuga de cerebros de la Unión. Completando las iniciativas anteriores, podemos destacar también que los dirigentes de Alemania, España, Francia, Hungría, Italia y Polonia plantearon, en abril del año pasado, crear una Biblioteca Digital Europea que recogiera todo el patrimonio cultural y científico de las redes informáticas mundiales (una respuesta al proyecto de Google -diciembre de 2004- de poner en la red quince millones de títulos procedentes de Oxford y varias bibliotecas norteamericanas) y la idea francesa de crear un buscador, para competir con Google, que se llamaría Quaero, es decir buscar, y que aún se encuentra en fase de proyecto.

Los contactos existen. Los contactos son buenos. Los contactos han generado grandes avances. Pero los modelos que plantean EE UU y la UE son diferentes. La Unión tiene muchos defectos, desde lo descompensado de su política agrícola (recordemos lo que se plantea sobre los viñedos en estos momentos) hasta la mezquindad (cuando no desinterés egoísta) de su política de inmigración, pasando por el excesivo valor que concede al establecimiento de normas y por la falta de fe en sí misma cuando tiene que participar a escala internacional. La cumbre con EE UU ha servido, entre otras muchas cosas, para redescubrir a los múltiples enemigos de la UE. Enemigos que, además de ocultar y minusvalorar sus logros y sus innegables aportaciones, la acusan de todo tipo de males y le niegan lo que de positivo ha generado en la vieja Europa bélica. Enemigos que la acusan de destruir nuestra democracia y de devorar nuestros sistemas políticos nacionales, dejando el poder en manos de los burócratas de Bruselas, cuando lo que ha hecho ha sido extenderla por el continente. Enemigos que, aun siendo defensores del proyecto europeo, pretenden desvincularlo de su idea originaria y convertirlo en un Estado federal a modo y manera del estadounidense.

Siempre es bueno recordar que la UE es el experimento democrático más interesante y trascendental de los tiempos actuales y que del mismo puede y debe nacer una reinvención de la democracia. Y ello a pesar de que la 'revolución democrática europea' ha pasado desapercibida para sus ciudadanos, lo que no es nada positivo ya que el proyecto europeo son ellos y las inquietudes, deseos y esperanzas que han depositado en el siglo XXI.



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