Tres meses y siete días después de que ETA decretara su alto el fuego permanente, el pasado 22 de marzo, el presidente del Gobierno anunció ayer oficialmente el inicio, que se prevé inmediato, del diálogo con los terroristas para intentar lograr el final definitivo de la violencia. Lo hizo, al fin, después de una semana larga de idas y venidas sobre sus intenciones últimas y con una escenificación que no se ajustó al compromiso que él mismo se había impuesto: se personó, sí, en el Congreso de los Diputados, pero eludió promover un nuevo debate en el hemiciclo -que hubiera reproducido el enfrentamiento con el PP- y limitó su comparecencia a una declaración institucional, sin preguntas, ante la Prensa. El Ejecutivo emprende así un nuevo intento para acabar con casi medio siglo de terrorismo y, por primera vez en todas las tentativas previas, sin tener detrás al principal partido de la oposición.