Quentin Tarantino se convirtió a la primera en director de culto gracias a 'Reservoir Dogs'. Sus películas tienen algo que las hace diferentes, innovadoras, memorables. Ahora prepara 'Grind House', una historia de terror, junto a Robert Rodríguez, con quien ya colaboró en 'Abierto hasta el amanecer' y 'Sin City'. Se estrenará en otoño en Estados Unidos.
Y es que el director de Knoxville es aficionado a trabajar con amigos. Ha colaborado en montones de proyectos ajenos, ya sea echando una mano con el guión, interpretando pequeños papeles o poniendo la pasta (y el nombre) para que nuevos directores se den a conocer. El caso es que todo en lo que participa (y participa en mucho) recibe su personalísimo toque. Es amigo personal de actores como Harvey Keitel, Uma Thurman y Michael Madsen, a quienes recurre invariablemente. Son sus valores seguros, pero en sus películas también aparecen actores ya olvidados (Travolta o David Carradine) que, con él, hacen poco menos que el papel de su vida.
Reconoce que no sabe decir «no» a un amigo, aunque en ocasiones se haga un flaco favor a sí mismo. Recientemente ha producido 'Hostel', de Eli Roth, un auténtico bodrio en cuyo anuncio únicamente se mencionaba el nombre de Tarantino. Una triquiñuela que hizo picar a muchos. Tarantino es muy metódico en su trabajo, y su vida gira en torno al cine. Su novia es la también directora Sofia Coppola, hija de Francis Ford Coppola. 'Grind House' será una película de terror formada por dos historias individuales, cada una dirigida por separado. En ella, los dos directores rinden tributo al cine de terror de los años 70 que tanto les gusta. Para el 2007 se espera que comience el rodaje de 'Inglorious Bastards' (algo así como cabrones deshonrosos), ambientada en la Segunda Guerra Mundial, aunque por el momento no hay más que rumores al respecto.
Todas sus películas han sido bombazos de taquilla, y acogidas con entusiasmo por público y crítica, pero, a mediados de los ochenta, Tarantino trabajaba en un videoclub. Tenía fama de 'freaky' entre sus compañeros. Era consumidor compulsivo de comida basura y aficionado a los cómics (ambos aparecen en todas sus películas, como expresiones de la cultura urbana americana). Ni en sus mejores sueños se hubiera figurado que, gracias a ese trabajo, acabaría siendo director de superestrellas de Hollywood. Porque fue allí, en el 'Video Archive' de Hermosa Beach (California), donde conoció a Roger Avary, con quien más tarde escribiría varios guiones, entre ellos el de 'Pulp fiction', su segunda película, la que le consagró definitivamente. Tarantino recuerda ese videoclub como su universidad: «Me permitió dejar de ver mi modo de ganarme la vida como un trabajo Allí podía pasarme el día hablando sobre cine y recomendando películas».
Hay elementos que distinguen sus obras, que las hacen inconfundibles, aunque su estilo haya sido imitado. Las películas de Guy Ritchie, en general bastante potables, son claramente deudoras de las suyas y, últimamente, 'El caso Slevin' reproducía escenas y ambientes utilizados constantemente por Tarantino. Pero ya sea por la estructura (laberíntica y aparentemente caótica, pero milimétricamente calculada) de sus películas, o por el tratamiento que hace de la violencia: imágenes muy crudas, incluso angustiosas, pero acompañadas de un peculiar sentido del humor que las hace divertidas, el caso es que Tarantino crea escuela.
Las historias que cuenta nunca se suceden de forma lineal. El espectador va encajando piezas y haciéndose idea de lo que sucede mediante flashbacks y regresiones «marca de la casa». Rompe esquemas y estereotipos. En 'Pulp Fiction', los protagonistas eran unos mafiosos de medio pelo, unos mandaos con horarios y obligaciones que cumplir. Matones que sencillamente hacían lo que para ellos era pura rutina. Y los vemos desayunando, mientras mantienen conversaciones tan triviales como el resto de los seres humanos.
Agresión verbal
Tarantino tiene una especial habilidad para dibujar a sus personajes (mafiosos, asesinos, o las dos cosas a la vez), de tal manera que nos ponemos en seguida de su parte. En 'Kill Bill' estábamos impacientes por ver consumada la venganza de 'La Novia', y eso que para entonces habíamos presenciado unos doscientos asesinatos, en su mayoría violentísimos. La violencia flota en el ambiente, el espectador la percibe no sólo a través de las imágenes. La agresión verbal es constante y los personajes se insultan o se amenazan, juran incluso en escenas sin golpes ni tiros. Los diálogos, agresivos pero siempre ingeniosos, sirven de contrapeso a las salvajadas que cometen los actores. Por ejemplo, en 'Reservoir dogs', uno de los atracadores recibe un tiro en el estómago; desangrándose en el suelo, le dice a su compañero: «Me han dado, creo que voy a morir». Éste responde: «No sabía que hubieras estudiado medicina».