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Domingo, 25 de junio de 2006
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Yo, el Supremo
Ahora que el primer dictador africano será juzgado por el Tribunal de La Haya, un antropólogo relata en un libro la vida y obra de algunos de los peores tiranos del continente negro
Recluido en una cárcel holandesa a la espera de su juicio, Charles Taylor debe estar maldiciendo el fenómeno de la globalización. Probablemente, el ex presidente de Liberia añorará otros tiempos, cuando los medios de comunicación apenas divulgaban los excesos de los dictadores con sus propios pueblos y las masacres no llegaban a los titulares de los informativos. Entonces, sus desvaríos en pequeños y lejanos países del Tercer Mundo no concitaban la atención de la opinión pública y las ONG no se aliaban para formar grupos de presión política, siempre dispuestos a airear su avidez y falta de escrúpulos. Sus tropelías pasaban inadvertidas y, por supuesto, impunes.

Además, en aquella época era inconcebible que existiera un tribunal promovido por Naciones Unidas y capacitado para juzgar el delito de genocidio, los crímenes de lesa humanidad o los de guerra, cargos que se le imputan al flamante preso. La Corte Internacional Penal se creó a finales del siglo XX, cuando buena parte de los tiranos que han caracterizado la breve historia de los Estados africanos ya han pasado a mejor vida, si cabe tal posibilidad.

El antropólogo Albert Sánchez Piñol ha analizado algunos de los personajes más curiosos en 'Dioses y monstruos' (Aguilar), un retrato múltiple de la opresión que ha sufrido, y padece, el continente negro. Entre los elegidos se encuentran Mobutu Sese Seko, -arquetipo del depredador-, o Idi Amin Dadá, -paradigma del déspota brutal-, pero también Haile Selassie, -representante de una monarquía exótica y milenaria, todo un dios para la religión rastafari, creada en torno a su figura-, o Ahmed Sékou Touré, -dirigente reputado, asociado tradicionalmente con la corriente progresista y no alineada de la década de los sesenta-.

El libro atestigua los excesos de unos y desmitifica los otros, demostrando que compartían procedimientos y comportamientos. No hay unas líneas para Charles Taylor, que se enriquecía con la explotación de los recursos nacionales, sumergía a su país en una sucesión de episodios bélicos intertribales que generaron miles de muertos.

Cuando la presión regional dio lugar a unos comicios que pretendían instaurar la paz, se presentó como candidato y ganó por mayoría. Mensajes electorales como 'Él mató a mi mamá, mató a mi papá, pero voy a votarle de todas maneras', o 'Mejor el diablo que conoces que el ángel que no conoces', evidencian su capacidad para el cinismo atroz y la amenaza directa. Incluso exportó su estrategia del terror, apoyando las milicias genocidas del caudillo Foday Sankoh en la vecina Sierra Leona a cambio del pago en diamantes.

Sin embargo, Sánchez Pitol no achaca esta proliferación a una mera cuestión de corrupción interna que propicia la ascensión al poder de psicópatas. La alargada sombra del colonialismo y su modelo autoritario, la independencia de frágiles Estados artificiales y la falta de una sociedad estructurada explican, a su juicio, la irrupción de políticos que faltos de una tradición democrática recurren al autoritarismo. A menudo se valen explícitamente de modelos europeos tan pomposos como los de Napoleón Bonaparte, pero también recurren a otros más cuestionables como los de Adolf Hitler, Josef Stalin o Francisco Franco.

Las esperanzas depositadas en los dirigentes que condujeron los procesos de liberación también justifican el apoyo incrementado por la represión y el clientelismo, el viejo truco del palo y la zanahoria. La responsabilidad de las antiguas potencias no finaliza con el arriado de sus respectivas banderas en las coloristas ceremonias de traspaso de mando. El neocolonialismo, la explotación de las materias primas y fuentes de energía, se ha beneficiado con estos personajes venales que han demostrado gran eficacia para controlar y aplastar las reivindicaciones de sus poblaciones.

No sólo en África

Aunque la relación de estadistas, a excepción de Teodoro Obiang, remite a hechos pasados, la actualidad no evidencia mucho margen para el optimismo. Al desafortunado Charles Taylor le ha sucedido en Monrovia Ellen Johnson-Sirleaf, la primera presidenta en la historia del continente, que tendrá que compartir mesa en la Organización de la Unidad Africana con Robert Mugabe, el presidente de Zimbabwe, un país próspero asolado tras su independencia, o Lansana Conté, dirigente de Guinea Conakry, tal vez la próxima pieza en el caos que sacude periódicamente la región del Golfo.

El mesianismo, la implantación del partido único y la violencia institucional no son fórmulas exclusivas de la política africana. No lejos de la celda de Taylor se envenenaba Slobodan Milosevic, causante de la mayor tragedia en Europa desde la última contienda mundial. Ni siquiera el culto a la personalidad es patrimonio de esta retahíla de ególatras. La disolución de la URSS propició la aparición de nuevas repúblicas conducidas por extravagantes individuos.

En cualquier continente, cuando el Estado de Derecho es una entelequia, la tentación del autoritarismo y la malversación de los caudales públicos resultan demasiado golosas. «Ésta es la tragedia de África: demasiada gente ignorante en posiciones de poder y responsabilidad», aseguraba el doctor Kamuzu Banda, un extraño moralista que rigió con mano firme Malawi. Y es que tampoco la autocrítica se encuentra entre las cualidades de los monstruos convertidos en padres de la patria.



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