En los dos últimos meses Italia está viviendo una primavera electoral particularmente intensa. Las elecciones generales para renovar el Parlamento (9 de abril), con las que se abría este apretado periodo electoral, eran seguidas, un mes después, por la elección, a través de las Cámaras recién electas, del presidente de la República (10 de mayo); a las que, a su vez, sucedían, en el breve plazo de poco más de dos semanas, las recientes municipales (28-29 de mayo), que aunque parciales por lo que se refiere a su ámbito territorial, han tenido lugar en las principales ciudades italianas -Milán, Nápoles, Turín y Roma, entre otras-, lo que las confiere una proyección política particularmente relevante. En esta ocasión, las elecciones municipales iban acompañadas simultáneamente, además de algunas elecciones administrativas para renovar los órganos provinciales, de elecciones autonómicas en una región especial -Sicilia- que presenta una singular significación política.
Hay que añadir a este cúmulo de consultas electorales el referéndum de este domingo, 25 de junio, sobre la ley constitucional en materia de reorganización territorial del Estado, ya aprobada por las Cámaras el otoño pasado, cuyo incierto resultado puede tener consecuencias políticas tan importantes, o incluso mayores, que las propias elecciones realizadas en los últimos tiempos. Difícilmente suele producirse, en tan corto espacio de tiempo, la concurrencia de tantas y tan variadas consultas a la ciudadanía (prácticamente todas las posibles, menos las europeas), lo que proporciona a este apretado proceso electoral de la primavera en curso una significación especial.
Las elecciones cumplen, en general, varias funciones. En un sistema parlamentario, en el que el Gobierno se forma a partir de la composición del Parlamento (como ocurre en Italia, al igual que entre nosotros), las elecciones sirven para formar Gobierno, confirmando la continuidad en él de las mismas formaciones políticas o abriendo paso a la alternancia, como ha sucedido en Italia en las últimas elecciones. Éstas sirven también para reflejar periódicamente la radiografía política de la sociedad y los cambios experimentados en el sistema de fuerzas políticas durante el periodo transcurrido desde las últimas elecciones. Y pueden servir, lo que en el caso que nos ocupa parece bastante dudoso, para marcar un punto de inflexión en el desarrollo del proceso político que abra un nuevo periodo de signo distinto, e incluso alternativo, al anterior.
Si bien es cierto que se ha producido la alternancia en el Gobierno como consecuencia de las recientes elecciones a las Cámaras parlamentarias, no está nada claro, sin embargo, cuál va a ser la orientación política que va a seguir el nuevo Ejecutivo multipartito de la Unione. Conviene recordar que la alternancia lo único que significa es que se da un cambio en los gobernantes, lo que teniendo en cuenta la personalidad del anterior jefe de Gobierno italiano no hay más remedio que valorar favorablemente, pero por sí misma no define la orientación política a seguir. Y a la vista del carácter acusadamente difuso de las propuestas programáticas de la Unione durante las últimas elecciones y, asimismo, de la experiencia pasada y no tan lejana (1996-2001) del Gobierno del Olivo, está por ver la capacidad del nuevo Gabinete para hacer efectiva una reorientación de la política italiana de acuerdo con criterios propios de la izquierda, teóricamente vencedora, aunque por estrecho margen, en estas elecciones.
Por lo que se refiere a la radiografía del cuerpo político italiano, las recientes elecciones (en particular las generales pero también las demás) no han hecho sino confirmar, con ligeras variaciones, el principal rasgo estructural del sistema de partidos italiano durante la última década, que tiene su manifestación más expresiva en la atomización multipartidista bipolar que reflejan las Cámaras (y también el Gobierno; y a otro nivel, los principales municipios): nada menos que catorce formaciones políticas con representación parlamentaria; nueve en la coalición gobernante y cinco en la oposición; entre ellas, las dos principales -Demócratas de Izquierda (DS) y Forza Italia- al frente de una y otra coalición, apenas llegan conjuntamente al 40%. En estas condiciones, no resulta fácil garantizar una estabilidad duradera del Gobierno; sobre todo cuando éste, debido a la peculiaridad del modelo parlamentario italiano, debe contar no sólo con la confianza de la Cámara de Diputados sino también la del Senado, donde la diferencia entre la coalición que respalda al Ejecutivo y la oposición es ínfima.
Hay un factor añadido, en este momento, que es preciso tener en cuenta ya que puede condicionar el curso del proceso político en el periodo que se abre tras esta primavera electoral. El resultado del referéndum (a realizar los próximos 25 y 26 de junio) sobre la reorganización territorial del Estado -'devolution', según la poco original denominación empleada por sus promotores, principalmente la Liga Norte- puede tener importantes consecuencias políticas ya que tanto la coalición gubernamental como la opositora mantienen oficialmente posiciones contrapuestas al respecto: favorable la oposición (fue aprobada el pasado otoño cuando tenían la mayoría parlamentaria) y contraria el Gobierno. A falta de conocer el resultado de la próxima consulta referendaria, cabe tan sólo llamar la atención sobre la incidencia que, sin duda, va a tener en la evolución del complejo proceso político italiano; no sólo en la ajustada correlación de fuerzas entre el Ejecutivo y la oposición sino, sobre todo, en el seno de cada una de las coaliciones, gubernamental y opositora, en las que las posiciones sobre este tema distan mucho de ser homogéneas.
La apretada primavera electoral que está viviendo Italia ha de ser encuadrada en el complejo, y a la vez confuso, proceso de transición en que se encuentra inmersa la República italiana desde mediados de la pasada década. En este contexto, el rumbo político que sigan a partir de ahora las instituciones surgidas de estas elecciones, así como también las consecuencias y la gestión de los resultados del próximo referéndum, pueden resultar determinantes para la continuidad del propio proceso de transición, cuyo bloqueo y estancamiento crónico durante la última década es uno de los principales rasgos caracterizadores de la actual coyuntura política italiana.
Las expectativas políticas, una vez finalizada la primavera electoral con el próximo referéndum, no dejan de ser inciertas; tanto por lo que se refiere a la continuidad del confuso proceso de transición en curso como por los problemas que pueden surgir en relación con la estabilidad institucional. No es nada descartable que la opción por la que se decante finalmente el nuevo Gobierno no sea otra que la de la alternancia continuista (aunque los términos puedan parecer, a primera vista, contradictorios, la experiencia demuestra que pueden ser perfectamente compaginables), que en la actual coyuntura política italiana quizá sea, incluso, la más previsible. Cabría también, más allá de la inercia de la alternancia continuista pero con la condición de que hubiese voluntad política para ello, la opción alternativa de la apertura de una nueva vía que, además de avanzar en la realización efectiva de los valores constitucionales, que aún siguen teniendo plena vigencia, particularmente en el ámbito democrático y social, permita a Italia salir del prolongado 'impasse' político en que se encuentra en los últimos años.