Si el escándalo del equipo de fútbol italiano Juventus nos indica hasta qué punto el fútbol se ha convertido en un sucio negocio, el dopaje masivo en España revela algo mucho peor: hasta qué punto determinados espectáculos ciclistas, futbolísticos, etcétera, no sólo no se pueden identificar ya con el deporte, sino que constituyen su antítesis. Desde luego, en su espíritu, porque a su connotación de libertad y caballerosidad (de la que se hacía sinónimo la 'deportividad') ha sustituido el sórdido trabajo esclavizado de sus asalariados, a los que también se les exige emplear cualquier método, por sucio que sea, para derrotar al contrario. Y también en su aspecto corporal, en el que de sinónimo de equilibrio físico y salud ha pasado a ser todo lo contrario, mediante el dopaje y el esfuerzo deformador, que acaba transformando con los años a casi todos los campeones en guiñapos humanos y condenándolos a una vejez prematura.
Resulta, pues, necesario un cambio diametral de nuestra cultura en nuestra valoración de esos lamentables espectáculos, que acabe con la adoración pseudoreligiosa que intereses inconfesables han inculcado hacia ellos. De modo parecido a como ha ido evolucionando la apreciación popular ante los flagelantes religiosos, o los grandes comilones o fumadores, nuestra salud mental y física exige ahora que no sólo rechacemos a los protagonistas de esos dañinos espectáculos -como ya está sucediendo con el boxeo o los toros- sino que también mostremos nuestra desaprobación a cuantos son cómplices de esas monstruosidades pseudodeportivas.