El Correo Digital
Martes, 20 de junio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Lecciones del Estatut
La sobria decisión ciudadana de actuar salomónicamente ante el referéndum de ratificación del Estatuto de autonomía de Cataluña graduando cuidadosamente el apoyo y otorgando una participación de casi exactamente el 50%del censo ha desatado los análisis y ha estimulado los desenfoques. Así, confraternizaban en la prensa quienes exultaban de gozo por el «amplísimo apoyo» logrado por el Estatuto (José Luis Rodríguez Zapatero) con los que consideran que los partidarios del 'sí' han cosechado «un gran fracaso» (Josep Piqué).

La realidad es, como siempre sucede en política, mucho menos lineal y más compleja que lo que se desprendería de tales reducciones. Porque, de un lado, el nuevo Estatuto -que jurídicamente es una reforma del anterior- ha sido plenamente legitimado en las urnas por la soberanía popular, y con un resultado positivo bien poco dudoso. Pero, de otro lado, el refrendo ha incluido una serie de sutiles mensajes que no tienen trascendencia legal alguna pero sí gran relevancia política y que deberían ser escuchados con gran atención por todos los actores que han intervenido en el proceso.

Quizá el más elocuente de esos mensajes haya sido el de la displicencia, la desgana y el absentismo. A los ojos de la opinión pública, el nuevo Estatuto no merecía una adhesión vehemente y masiva, ni por su contenido -farragoso e inextricable- ni por su génesis -descabellada y reprobable-. Los catalanes, cargados de su proverbial sabiduría, no han querido ni desechar la propuesta ni dar una cuota significativa de razón a quienes, desde los extremos de la ceremonia pública, apostaban por el salto en el vacío. Y, con precisión milimétrica, el electorado ha desairado a todos: a los que reclamaban la legitimación de su propia frivolidad y a quienes presagiaban la más increíble catástrofe. En definitiva, se equivocan quienes han creído entrever un apoyo decidido de la sociedad civil a su aventurerismo, que a punto estuvo de causar una gravísima ruptura del Estado (y que se ha saldado con un Estatuto mediocre), como yerran también los que han identificado el escepticismo del electorado con un inexistente apoyo a su propia causa extremosa, desaforada y radical, en cualquiera de los dos sentidos posibles en este caso.

Corolario del mensaje anterior es otra insinuación, aun más sutil, de los ciudadanos al 'establishment' político general: en el discreto y limitado aval por la mínima al Estatuto hay un reproche claro a la metodología utilizada. La opinión pública cree -parece- que las fuerzas políticas han actuado en el proceso estatutario catalán con sectarismo y sin las mínimas dosis de magnanimidad que requiere la defensa de los intereses generales, no incompatible con la de los propios intereses partidarios. Sin duda, no ha complacido a los catalanes el hecho de que el Estatuto de Miravet haya conseguido menos apoyos políticos que los estatutos anteriores, de Núria y de Sau, ni la evidencia de que hayan predominado los disensos sobre los consensos, ni la gran discordancia entre lo reclamado por el Parlament -un desafuero claramente inconstitucional- y lo concedido por las Cortes españolas. Tampoco debe haber agradado a la pragmática sociedad de Cataluña el propio redactado del Estatuto, un mamotreto inextricable de la peor literatura forense, que parece escrito para no ser entendido.

Dicho lo anterior, es claro que en el envés de lo ocurrido hay unas recomendaciones de futuro. En el terreno ideológico, se ha suscitado una apelación a las posturas moderadas frente a las radicalizaciones nacionalistas o centralistas, que debería operar tanto en la gestión de la reforma territorial en curso cuanto en la administración del llamado 'proceso de paz'. Igualmente, es audible la recomendación del cultivo del consenso ya que la reforma del 'Estado de las Autonomías' forma parte del tejido fundacional del régimen y es por lo tanto parte del primigenio 'contrato social'.

Es manifiesto que la apelación y el reproche del cuerpo electoral catalán son genéricos e indiscriminados y se dirigen a unos protagonistas políticos que, con mínimas o nulas excepciones, no han dado la talla ni han estado a la altura de lo que se requería de ellos. Se equivocaría quien obtuviera de la materialidad física del referéndum una derrota o una victoria: la principal emanación de la consulta es una reconvención genérica y un aviso. O, si se quiere, una apelación del estilo del «no es esto, no es esto» que Ortega reprochó a la República cuando aquel régimen comenzó a mostrar sus primeras derivas hacia el abismo.



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