La corrida de Torrestrella fue mixta y salió rana. No toda. El primero de los dos novillos de Cayetano se vino arriba en banderillas y, aunque algo alborotadote, no tuvo mal son. Puntuó más y mejor que ningún otro. El Juli tuvo recursos, ánimos y carácter para encontrarle al segundo de corrida el punto preciso y, al ataque con él desde el principio, lo echó adelante y lo salvó. O lo tapó, que no fue sencillo. Entre otras razones porque estuvo entonces enredando, y mucho, el viento. Durante la lidia de ese toro que El Juli manejó tan diestramente el viento hizo estragos. Descubría al torero. Al volarle el engaño, citaba a destiempo. Una virtud tuvo ese toro salvado de Torrestrella: ser pronto. Más pronto, con todo, anduvo El Juli para ganarle por la mano a pesar de las descubiertas.
Por todas partes se metía el aire y El Juli tuvo que romper su costumbre de marcar territorio. Hubo que buscar donde no dejara el viento flancos abiertos. Al soltarse con la izquierda, El Juli tuvo que ayudarse con la espada para domar la muleta. Y ni así, porque el toro tuvo por la mano izquierda un viaje muy regañado. Como El Juli usa trastos de pequeñas dimensiones, la porfía fue de mérito. El toro estuvo gobernado siempre, pero no siempre del todo. No por flaqueza de El Juli sino por los elementos. Y el propio toro, que fue el menos deslucido de los tres de Torrestrella, pero ninguna maravilla. Seiscientos y pico kilos, justo trapío para ser toro de Bilbao y un final triste con la cabeza entre las manos. Media estocada trasera y un descabello de tanto acierto como resolución. Esa manera de descabellar con tino y dominio especiales son parte del acervo taurino de El Juli. Como las medias verónicas sin soltarse del toro: una hubo en el remate del saludo al gigantón de los 600 kilos. Y un quite por chicuelinas de rápido giro, por las dos manos, y abrochado con un desplante de frente lleno de garbo.
En contraste con la espesa manera de ser de ese toro, o de la del que rompió plaza, tocado, hundido y en ruina al segundo envite, el vivo y desordenado galope del primero de los dos novillos que mató Cayetano pareció chorro libre de una cascada. O no tanto, porque llevaba la divisa clavada demasiado delante y al toro le dolía. Fue novillo muy mugidor o llorón. Lo toreó con arrojo y empaque Cayetano, pero con un punto de precipitación: en los embroques y en las ideas. Algo terca la faena, pese a no estar exactamente pensada. Un garboso tanteo de apertura, una primera tanda en redondo bien dibujada y, luego, cuesta abajo el negocio, que no llegó a caerse. Sólo que por la mano izquierda, el toro le adivinó la idea a Cayetano todas las veces y lo sorprendió más de una. A partir de cierto punto, la velocidad la puso el toro y sólo él. A Cayetano le costó encontrar la igualada. Ese dato que reveló una cuestión de fondo: que no le había tomado Cayetano la medida al toro.
Montera prerromántica
Lo demás salió casi al revés. Padilla, tocado con su ya famosa montera prerromántica, abrió fiesta con larga cambiada de rodillas en el tercio. El toro se le venció, salió de varas hecho 'fuagrás'. Tardeó y arreó en banderillas, con Padilla al aparato y sin problemas. Se estrelló contra tablas y tras breve charla, Padilla cobró notable estocada. El cuarto también dio más de 600 kilos. Para nada: para gatear, dolerse en tres pares de banderillas reunidos por Padilla con oficio y, ay, para puntear la muleta en cuanto la vio. Inciertos, irregulares ataques. No fue de fiar. Cabezazos a mitad de viaje. Nada que rascar.
Después se tropezaron mucho las cosas: el quinto, bizco y bien armado, se estrelló contra un burladero primero y contra tablas después y salió zurrado de los encontronazos. También llevaba la divisa al cuello, se fue al suelo en la primera vara. Toro devuelto. Y también un primero sobrero de Santos Alcalde, muy en lo antiguo de Matías Bernardos, con pies y bondad, pero ninguna fuerza. Parecía enfermo, se abrió de manos, rodó de inválido. De Santos Alcalde fue también el segundo sobrero, estrecho de sienes, finas las puntas y muy mal estilo: mirón, pegajoso, andarín, remató con la gaita arriba y la caña puesta. Por flojo, se apoyaba defendiéndose. Ni un viaje en serio. Cortó y se metió por los dos lados. El Juli se peleó lo preciso y punto.
Las devoluciones de toros dejaron el ambiente cansado. Al volver al novillo y a Cayetano la ilusión no era la misma de antes. Ni el toro, porque este se rajó ya en el primer tercio y no hubo manera de sujetarlo ni de pegarle tres seguidos. Ni dándole tablas. A la ganadera Dolores Aguirre brindó Cayetano ese novillo que sólo le dejó porfiar y querer. Y dibujar un trincherazo y un pase de castigo dignos de ser pintados.