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Jueves, 15 de junio de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Ética colateral
Hubo un tiempo en el cual quienes ejercían el mando sobre los mejores de entre los caballeros se veían obligados a ser ellos mismos un ejemplo de las virtudes exigidas. De este modo, quienes se decidían por el noble arte de la caballería miraban al superior como alguien a quien imitar en sus atributos morales y eso los obligaba a pulir defectos y abrillantar virtudes. El concepto de la ética se reflejaba en el primer caballero o entre los pioneros de toda revolución, o entre los maestros de todo rango.

La elite, minoría selecta o rectora, según el diccionario, estaba formada por quienes más se esforzaban en ascender en la talla de lo humano. Hoy la ética es colateral para el dueño del imperio, como la víctimas civiles. O incómoda como una almorrana para las presentadoras impostadas.

Parece una constante tristemente contrastada: cuando los gobernantes o incluso los personajillos parlantes de referencia en las audiencias pierden cualquier vestigio de exigencia personal por mejorar en las virtudes humanas, se preocupan, ocupan y dogmatizan sobre los fondillos eróticos, ajenos claro. La cosa va desde un presidente del Imperio como Bush que trata de «errores» los crímenes y torturas de sus soldados para apuntarse el tanto de apoyar la moción contra los matrimonios homosexuales; hasta nuestra Ana Rosa Quintana, que vive de las miserias del bajo vientre ajeno mientras asegura que está «cansadita de que intenten darle lecciones éticas». ¿A ella!, la pobre, que firmó un libro que jamás escribió y menea sus caderas al compás de las aventuras y desventuras del famoseo.

Naturalmente, tan inútil sería intentar una clase de ética a la señora Quintana como tratar de convencer a Bush de que los seres humanos pertenecemos a la misma pasta mortal. Hemos pasado de admirar la difícil empresa de aspirar a ser éticos a la rendida admiración por estos personajillos de moralina perversa, es decir, adaptada a su único interés, sonrientes, insulsos, torpes, incultos, farsantes, capaces de caminar sobre sus miserias, descubiertas o no, con la inclemencia de un elefante asustado.

No dudo de que más graves son los genocidios de quien decide la suerte mundial desde el trono imperial que los 'consejillos' de cualquier 'mindungui' televisivo que van desde la crema con colágeno a la tristeza por la muerte de una cantante con la misma carita impostada de santa prepotencia; sería como comparar el daño que puede provocar un vampiro con el de una garrapata. Pero en ambos casos el vampiro o la garrapata se nutren con sangre de otros y la diferencia tan sólo estriba en la oportunidad de cada especie.



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