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Martes, 13 de junio de 2006
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POLÍTICA
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El difícil equilibrio del PP
Los populares se debaten entre el catalanismo de Josep Piqué, la ortodoxia de las bases y los díscolos que reniegan del 'no' al Estatut.
El difícil equilibrio del PP
PROTEGIDO. Mariano Rajoy abandona el Teatro Auditorio de Granollers juntoa su escolta personal al finalizar el acto político organizado por el PP. / EFE
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«El proyecto de reforma del Estatuto tiene aspectos remarcablemente positivos. Que nadie se engañe: Cataluña ha sido, es y será una nación». «El nuevo Estatuto equivale a la liquidación de la Constitución vigente y a la creación de una nación cuasi-soberana en el seno de España, que pierde por consiguiente su propia condición nacional». Pese a defender tesis completamente antagónicas, las dos citas anteriores pertenecen a sendos militantes del PP catalán. La primera es parte de un artículo firmado en el diario 'La Mañana' por el 'número dos' del PP en el Ayuntamiento de Lleida y ex integrante de la ejecutiva leridana, Enric Oró. La segunda ha sido extraída del 'blog' del ex presidente del partido Alejo Vidal-Quadras. Al primero se le ha abierto expediente informativo, que muy probablemente desembocará en su expulsión de las filas populares, si es que el propio concejal no formaliza antes su baja voluntaria. El segundo permanece alejado de la política catalana -aunque siga presente a través de abundantes declaraciones públicas- y ejerce como eurodiputado y vicepresidente del Parlamento europeo.

Y a medio camino entre ambas posiciones se sitúa el líder del partido, Josep Piqué, cercano en su juventud al comunismo, después al nacionalismo, y adalid en la actualidad de un catalanismo moderado que le ha costado más de un disgusto con la dirección del partido en Madrid. La estampa ilustra las diferentes sensibilidades que conviven en el PP catalán y los complejos equilibrios que sus máximos responsables deben esforzarse por mantener, aunque no siempre lo consigan. El heterogéneo mosaico que es hoy la formación sólo puede entenderse a la luz de la lucha de poder que desde siempre han mantenido las distintas corrientes en su seno, aupadas o destronadas muchas veces en función de factores externos, como las mayorías necesarias para gobernar en Madrid. El propio Vidal-Quadras comparaba hace unos meses el errático devenir del centro-derecha catalán con «el suplicio de Sísifo subiendo trabajosamente su roca para verla caer de nuevo».

De hecho, el eurodiputado, de profesión catedrático de física atómica y nuclear, sitúa el amago de dimisión de Piqué en enero -frenado por Mariano Rajoy después de que el líder del PPC abogara públicamente por negociar el Estatut con socialistas y nacionalistas- en «una especie de penduleo irresoluto que el PP parece condenado a repetir una y otra vez», una oscilación a su entender entre el catalanismo «acomplejado» de Piqué y la «firmeza» que él representa. Lo cierto es que fue Vidal-Quadras quien llevó a los populares catalanes a tocar 'techo' electoral en 1995. Entonces lograron 421.752 votos -más del 13% de los sufragios- y 17 escaños en el Parlament, dos más de los que tienen hoy.

Cuentan además con seis diputados en el Congreso y 30.000 militantes. «Somos un partido pequeño y con dificultades de implantación», reconoce Daniel Sirera, portavoz adjunto en el Parlament, que se queja de la «fuerte presión social» que sufren los cargos populares -habla de pintadas, insultos y amenazas- y achaca precisamente a estas dificultades los casos de ediles díscolos que saltan a las páginas de los diarios nacionales, por ejemplo, por defender la reforma estatutaria. «Nuestros rivales no hacen campaña a favor del Estatut sino en contra del PP», lamenta, «y por eso hay gente que siente la necesidad de justificarse delante de sus vecinos o conocidos».

Así explica la línea oficial de la formación casos como el de Oró o Joaquim Teixidor, que junto a sus otros dos compañeros en el Consistorio de Lloret de Mar fue expulsado del partido de forma fulminante tras mostrarse abiertamente contrario a la recogida de firmas abanderada por el presidente nacional para promover un referéndum sobre el Estatut en toda España. Teixidor reprochó a la dirección que hiciera «el ridículo» al recabar apoyos en Cataluña para la consulta y llegó a pedir la dimisión de Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, a quienes Piqué ya había cuestionado en público, lo que desencadenó, por cierto, una tormenta interna en las filas del PP.

Pero las discrepancias no son siempre tan chirriantes. A veces resultan más sutiles, producto de las 'familias' que se cobijan bajo el paraguas del partido. «Este tema era antes más acusado y hoy va quedando diluido. Cosa distinta es que unas veces haya que lanzar un mensaje más duro y otras más suave», analiza Alberto Villagrasa, edil en el Ayuntamiento de Barcelona, feudo de Alberto Fernández Díaz, que presidió el partido entre 1996 y 2002 y que, en la actualidad, además de ser vicesecretario general, controla el grupo popular en el Consistorio barcelonés. Villagrasa cuenta que tiene por costumbre intervenir siempre en castellano en los plenos, mientras que su jefe de filas lo alterna con el catalán, nuevo ejemplo, esta vez en el terreno del bilingüismo, de los equilibrios que se ve abocado a hacer el PP catalán.

Moneda de cambio

Fernández Díaz se hizo con las riendas del partido en Cataluña pese a los buenos resultados electorales de Vidal-Quadras. Se da por sentado que el hoy eurodiputado fue moneda de cambio en el acuerdo al que los populares llegaron con Convergencia i Unió para que José María Aznar pudiera ser elegido presidente del Gobierno con los votos de la federación. Fuentes del PP catalán señalan que Aznar «impuso» a Fernández Díaz porque Jordi Pujol quería lejos a Vidal-Quadras, representante de las posiciones más 'españolistas' del partido y radicalmente contrario a pactar con el nacionalismo. De este argumento -alimentado por las especulaciones sobre futuras alianzas del PP con CiU- sigue haciendo hoy bandera Vidal-Quadras, convencido de que las alianzas con los nacionalistas equivalen a condenar a España a su «desaparición».

Los afines a la familia Fernández Díaz componen, frente a los 'vidalquadristas', otro de los sectores tradicionales del PP catalán. El hermano mayor de Alberto, Jorge, también presidió el partido, en su caso entre 1983 y 1991, aunque pronto pasó a Madrid y se convirtió en hombre muy próximo a Mariano Rajoy. Hizo carrera siempre al lado del hoy presidente nacional y, de hecho, se sienta prácticamente a su lado en los bancos del Congreso de los Diputados. Las bases, según los medios consultados, han estado tradicionalmente en la onda de los Fernández Díaz o de Vidal-Quadras, a quien preferirían en la cúspide, pero no sintonizan con el catalanismo de la actual dirección. El vicesecretario general y mano derecha de Piqué, Francesc Vendrell, está especialmente denostado por la militancia, que lo ve demasiado cerca de tesis «cuasi-nacionalistas».

«Las bases siempre han querido 'caña'», ilustra el mencionado Oró, a punto de abandonar el partido. «Aquí no tiene nada que ver el poder oficial con la militancia, cada uno va por su lado», sentencia el edil díscolo. Sirera lo ve de otra forma: para él y para la dirección, el objetivo es pescar en los caladeros del PSC -atrayendo a los votantes socialistas «que se sienten españoles»- y en los sectores menos nacionalistas de CiU. «Es lo que tenemos que hacer si queremos ser partido de gobierno», puntualiza. «Podemos coincidir perfectamente con el electorado de Unió», abunda Villagrasa. De hecho, la dirección nacional albergó en tiempos la idea de fusionar al PPC con Unió y abrir brecha así en el electorado de Convergencia.

Cada uno lo ve desde su prisma. Para Oró, en cambio, su salida de la formación tiene que ver con el abandono de aquellos «que creemos en la centralidad». «Yo creía en 'las tres cés': centralidad, catalanidad y compromiso con España», lamenta.



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