No hay mejor combustible que la rabia.
El espejo de Briançon lo vio. Mayo resucitado. Mayo de vuelta. Segundo en la etapa. Mejor que todos. Sólo un francés sobreviviente de una escapada y de apellido aventurero, Turpin, le esquivó. Mayo se descorchó en el Izoard, tras dos años desaparecido. Estaba feliz, pero, sobre todo, estaba rabioso. Bilis por sangre. «Qué oportunidad he perdido. Quería ganar aquí. Esta meta era para mí». Y golpeaba el manillar. Y juraba. Óscar, su masajista, le sonreía, le felicitaba. Le decía que había vuelto a ser el que fue. Pero nada. Mayo hervía. Más juramentos. Más ira. El latido de un campeón recuperado. La rabia le talla. El ardor de otros tiempos volvió ayer a brillar en sus ojos.
La 'malaleche', el genio, hizo de espita en la quinta etapa del Dauphiné Libéré. El pitido inicial se hizo con un cuchillo. Todos en fila, por la cuneta, notando el crujido de los pulmones. Hasta el kilómetro 65 no hubo paz. Y justo ahí, a la hora de recobrar aliento, Mayo se giró hacia atrás. Un gesto casi fatal. Su rueda delantera besó el tubular de un corredor del Discovery. Al suelo. Otra vez, como siempre, el codo derecho hizo de escudo. Ya no caben las cicatrices en esa esquina. «Fue culpa mía. Me levanté mareado». Consternado. Trémulo. Con el miedo a quedarse ahí varado. Entonces, a medida que volvían las fuerzas, rebrotó la rabia. El médico de la carrera le apretó en exceso el vendaje. No tenía ni desinfectante. Agua sobre la herida. Mayo se encendía. Gorospe, desde el coche, le insistía en que no era nada, que adelante. Más fuego. «Me dolía un huevo». Y estalló. «Me entró una 'mala hostia'». Mayo es un ciclista de dientes apretados. Ya no dudaba. La 'malaleche' borbotaba en sus venas. «Para irme a casa tengo que estar mucho más jodido».
En medio de esa metamorfosis llegó el Izoard, el puerto donde la victoria de Bartali evitó en 1948 una guerra civil en Italia. Turpin, un ciclista menudo del Ag2R, dejaba atrás a los otros dorsales de su escapada. Había un par de charcos en el cielo, pero la tormenta corría por el asfalto. Moreau, también del Ag2R, tiraba por detrás. Ciclismo insolidario. Apretaba cuellos. El hervidero de enemigos se reducía. Vinokourov se despedía. Y Landis. Y también Valverde, que descubría la colosal armadura del Izoard, de la Casse Déserte, de otro paisaje lunar injertado en Francia. «Estoy virgen en estos puertos. Los estoy descubriendo». Pero eso cuesta. Y no pudo pagar la tasa de Moreau. En cambio, sí lo hicieron Piepoli, Caucchioli y 60 kilos de rabia, los de Mayo. «Por fin iba bien, incluso con un 'punto' más para atacar», dijo el ciclista del Euskaltel.
Leipheimer, líder
Pronto se les unieron la ventosa de Leipheimer, el líder sin fisura de la ronda, y su único rival, Menchov. Mancebo, como siempre, se contorsionaba a unos metros, apalancaba los pedales con su voluntad. Duele mirarle. A Mayo, en cambio, da gusto verle. Maillot abierto, volando. Con el aleteo de una mariposa en los pedales. El Izoard reconstruyó su sonrisa. Le quitó el disfraz de anónimo. No es el suyo. «Quería la etapa. Era mía». Es Mayo. Piepoli aceleró en un par de ocasiones. También Moreau. Siempre notaron detrás el genio naranja del corredor vizcaíno. Renacido. Late su afición. Por la cima, Turpin apenas conservaba 40 segundos sobre el grupo que aguantaba los latigazos de Mayo. Aún había que bajar del desierto y subir la escalera de Briançon. «En Briançon se gana el Tour», dijo una vez el gran Geminiani. En ese templo ciclista, ayer venció Turpin, agónico sobre el empedrado que sube al castillo. Con el aliento de Mayo quemándole por detrás.
Desatado, con la herida punzando, con la meta en la mirada. Tanto tiempo orillado, arrojado al olvido. Ya había ganado en Briançon, también en el Dauphiné. «Esa meta era mía». A por ella. Ni Caucchioli ni Mancebo pudieron seguirle. La detonación fue rabiosa, tanto tiempo contenida. Pero a Turpin le salvaron 20 segundos. En la meta, todo era felicidad. La del francés y su público, y la de los auxiliares de Mayo. Y allí, de pie, entre aplausos y enhorabuenas, un ciclista juraba, masticaba a golpes el manillar con su brazo herido. Era Mayo, el campeón recuperado.