Ningún lugar mejor para observar el Tour que el Mont Ventoux. Arriba, en la cresta de la luna, hay un observatorio astronómico. Buen sitio para una lupa. Desde allí, un ojo abarca media Francia y un trozo del infinito universo. Nada escapa a la mirada del Ventoux. En 1955, Jean Bobet, hermano de Louison, describió así los instantes previos a la subida al 'Gigante de Provenza': «Desde hace dos días sólo se habla de él. Hace mucho calor. Me dirijo hacia el infierno y siento como un vacío en el estómago. Ni una palabra. Nada resulta más impresionante que un pelotón silencioso.... Al este, apenas se percibe la cima, tras la niebla, a lo lejos. El Ventoux». Es un monte especial. Embrujado. Un infierno para Bobet. El cielo para Mayo aquel cercano 10 de junio de 2004, el día que batió el récord del coloso. Nadie nunca lo ha subido tan rápido. Aquella fue su cima. Irritó a Armstrong, relegado a dos minutos. Y apuntó al Tour. Pero algo sucedió entonces. Desde ese día Mayo no ha vuelto a ser el Mayo que fue. Sigue allí, clavado a ese recuerdo. «Fue mi último triunfo en línea. He pasado dos años sin ganar nada, pero ahora me voy encontrando mejor», subrayó ayer, aún con el sudor pegado de la contrarreloj. Hoy, en mitad del Dauphiné Libéré, regresa a su montaña, a desclavarse.