Del 8 al l l de junio los aficionados a las viñetas más trotamundos se desplazarán al Salón Internacional del Cómic de Barcelona, un evento indispensable para cualquier seguidor del mundo de la historieta.
Apenas contaba con 15 años cuando logré, por fin, engañar a mis padres para visitar tan magno acontecimiento. Allí me presenté con una sonrisa en la boca, el bolsillo cargado de ahorros y una buena libreta por si los autógrafos. Tres días intensos, mágicos, terminaron en un sueño realizado. Conseguí que algunos dibujantes garabatearan mi cuaderno y gasté todo el vil metal en tebeos.
La experiencia fue tan completa que no repetí la hazaña en mucho tiempo. ¿La razón? Sencilla. De vuelta a casa me di cuenta de que podía haber comprado los mismos cómics en el quiosco de mi barrio, y ya tenía los dibujos originales de mis creadores favoritos. El salón se ha convertido en un gigantesco supermercado, sólo falta que a la entrada puedas agenciarte un carrito de la compra para pasearte, calculadora en mano, por los stands y rellenar la cesta con las últimas novedades.
La odisea en busca del autógrafo tampoco es lo que era. Tu autor favorito sólo firma ejemplares comprados en la mesa de al lado. ¿Qué me anima a cumplir con la cita? Reunirme con buenos amigos: dibujantes, lectores, editores Aquellos a los que has conocido a través de sus trabajos. Aquellos que hacen fanzines, los únicos que aportan algo diferente. Son los grandes olvidados de los grandes almacenes, los que ni siquiera tienen un hueco en la sección de oportunidades, pero siguen siendo el verdadero futuro del cómic autóctono.