Morante estuvo muy ausente. Al saludar en tablas al primero, perdió pie como si tropezara, cayó inerme y justo cuando el toro se le venía a buscarlo apareció como una centella El Juli para quitar el toro. Antológico quite. Morante dejó listo al toro con supina brevedad.
De modo que la salida de El Juli a escena resultó una traca. Luego le bajó las manos a su primero de lote, un toro lindo y cómodo, suelto del caballo, bondadoso. El Juli le hizo una faena de muleta segura, precisa, profusa, ambiciosa, magnética. Soplaba bastante viento, pero parecía que El Juli le había puesto plomo a los flecos de la muleta. Empapado en ella, no la enganchó el toro ni una sola vez. El Juli parecía jugar. Toda la faena fue en palmo mínimo. Cuando el toro quiso rajarse, no se lo consintió El Juli.
A Cayetano no le impuso el reto. O le estimularía. Porque entró a turno con tranquilidad. Un novillo vivito y alegre, loco por venirse o por irse. Las dos cosas. Cayetano le tomó al novillo el pulso en sólo tres muletazos que fueron pinceladas y, además, buen toreo por abajo. Más largo el viaje del toro por la mano izquierda, y por ahí se estiró a ritmo Cayetano en dos tandas de suave cadencia y claro encaje, ligadas las dos, a compás a pesar del viento. Un par de trincherazos, uno del desprecio, dos salidas de suerte elegantísimas, un desplante. Guindas de faena más larga de lo debido. Al irse de tiempo perdió encanto.
Morante salió más convencido en el segundo turno. No mucho más. El cuarto pareció de no mal ritmo. Una vuelta de campana completa y un estrellón contra tablas, y el toro se puso brusquito. Morante le pegó bastante tirones. Un pinchazo y una estocada.
La nueva salida de El Juli fue como agua de mayo. Un quinto toro que parecía hermano del primero de Morante. En un primer puyazo, se acostó el caballo de pica y dejó pie a tierra a Diego Ortiz. El caballo echado se negaba a incorporarse, el toro se movía y El Juli manejó el enojo con una suficiencia de lidiador de categoría. Un gusto ver tanto dominio. Y luego fue como coser y cantar, donde, cuando y como quiso El Juli. Por la mano diestra y por la otra. Cuando el toro se le abría, lo amarraba, sujetaba y convencía al toque. Mansito el toro, muy noble, dejó a El Juli jugar a todo: de frente, pases de las flores, a pies juntos, molinete, trinchera, puro antojo. Estocada. Dos orejas.
Cayetano, sin oreja
El sexto novillo, lustroso, largo y capacho, fue bueno. Cayetano volvió a dibujar con el capote con calma y aire fantásticos. Y a torear de muleta con el ritmo de quien devana una madeja. Sin empalago, compuesta la figura sin artificio, sueltos siempre los brazos, por delante los vuelos de la muleta, mecidos los viajes, trazo templado. Lentitud. Sólo que Cayetano midió mal la distancia y el tiempo: atacó más de la cuenta y se pasó de hora. Incluso el bello remate de toreo a dos manos pecó por exceso. Petición suficiente de oreja. No opinó lo mismo el presidente.