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Domingo, 4 de junio de 2006
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SOCIEDAD
RELACIONES HUMANAS

ENTRE EL ORDEN Y EL CAOS
Cada cosa en su sitio
Asociamos el orden con la elegancia, la disciplina y la fuerza de voluntad, pero su exceso resulta inquietante y puede denotar una personalidad maniática e intransigente
Cada cosa en su sitio
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Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Es la divisa de la gente organizada, de la que ha hecho del orden su regla de vida o simplemente sabe apreciar las ventajas de no ser descuidada y anárquica. El orden, aparte de ser «el más bello ornamento de una casa» según Pitágoras, ahorra problemas, proporciona una sensación de seguridad y de equilibrio y ayuda a desenvolverse en toda clase de actividades, desde los estudios hasta las tareas de cocina, desde la alta investigación hasta los asuntos cotidianos más insignificantes. Sin duda ser ordenado constituye tanto una virtud como un inteligente hábito de la vida práctica.

La mayoría de las personas ordenadas adquieren a la vista de los demás un plus de respetabilidad debido a que se asocia orden con elegancia, con disciplina, con fuerza de voluntad, con detallismo, mientras que el desorden es la representación externa de la abulia, la falta de coherencia y el abandono tanto intelectual como moral. Cuando la madre riñe al hijo por tener su cuarto manga por hombro, no sólo está recordándole la obligación de cumplir la parte que le corresponde en el trabajo doméstico, sino que simbólicamente le marca una directriz de cara a su formación: le está diciendo que el orden es señal de madurez.

Interiormente, el orden externo también proporciona ciertas satisfacciones. El amante del orden gana en autoestima porque se siente capaz de gobernar su mundo o parte de él, de imponer su criterio sobre un universo -grande o pequeño- que es la representación del cosmos armónico. De esa manera obtiene cierta sensación de seguridad y de certeza. Sabe que no será víctima de imprevistos, porque cuando busque una cosa la encontrará en su lugar y cuando ceba tomar una decisión podrá llamar en su auxilio a los criterios de hábito y de rutina que ha establecido para organizar su día a día. El orden reconforta, tranquiliza, protege. En cambio el desorden confunde, desconcierta, estresa.

Sin embargo hay algo inquietante en esas mesas de trabajo donde los papeles están rigurosamente apilados y los objetos de escritorio aparecen dispuestos en un orden estricto, como piezas de un ejército en disciplinada formación. O en esos armarios que al abrirse nos muestran una impecable geometría de toallas clasificadas por colores, de sábanas en alineación impecable y de corbatas. Si al ver las cosas tiradas por el suelo pensamos en un dueño descuidado e irresponsable, tras el exceso de orden está la sospecha de una personalidad maniática, perfeccionista, rígida e intransigente.

«Parece -observó Sándor Marái- que el orden exterior responde siempre a un deseo de ocultar un desorden interior». Justamente una de las principales manifestaciones del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) la constituyen los rituales de orden, adoptados por individuos que para sentirse seguros necesitan colocar las cosas siempre en el mismo lugar y en una disposición invariable que no admite ni un milímetro de desplazamiento. La máscara del orden actúa en ellos como una tapadera del desequilibrio.

Durante mucho tiempo ha imperado en el pensamiento la idea de un orden universal cuyos designios rigen el orden del mundo. Las cosmovisiones teológicas, pero también las científicas, depositaban en la noción de orden todos los referentes del sentido. Sin embargo hoy esa concepción ha sido, si no sustituida, sí complementada por las teorías que otorgan al caos una función esencial en la configuración de la realidad y en la explicación de los fenómenos. Penetrar en el desorden del Universo es el nuevo desafío al que hacen frente diversas ramas de la ciencia, desde la Física hasta los procesos biológicos. Como ya anticipó el filósofo Bergson, «el desorden es el orden que no alcanzamos a descifrar».

Un considerable número de situaciones que se nos presentan a lo largo de la vida y en el día a día no responde al principio de la armonía, sino a la casualidad, es decir, al desorden y al caos. Eso no significa que haya que enfrentarse a ellas de forma improvisada, indisciplinada y caótica. Pero las herramientas del orden pueden acabar convirtiéndose en grilletes paralizantes que nos impidan dar respuesta a lo inesperado. «Hay empeños para los cuales el mejor método es un desorden intencionado», escribe Melville en 'Moby Dick'. Si nos parapetamos en la invariabilidad de las ideas alineadas, cuadriculadas e inamovibles, su supuesto equilibrio nos anquilosa y nos incapacita para reaccionar ante las demandas de un mundo complejo, inestable y volátil como el que nos rodea.

Pero eso no invalida el placer del orden aplicado a las pequeñas cosas y también a los hábitos de cada día. Seguramente, salvo casos muy específicos, pocos amantes del orden son fanáticos guiados por una obsesión enfermiza. Se puede ser ordenado para unas cosas e indisciplinado en otras. De hecho, hay diversas maneras de entender el orden. Por ejemplo, los libros de una biblioteca ¿están mejor agrupados según tamaños o cuando siguen un orden alfabético, o de temas, o de géneros? Todo es cuestión de criterios, y acierta quien sabe aplicar a sus realidades el orden que más se acomode a sus intereses y a sus hábitos. Lo que a unos les parece una estructura perfecta regida por leyes matemáticas a otros les puede resultar un galimatías desconcertante. El orden es un sentimiento de armonía que transmiten las cosas, pero no todos perciben de igual manera ese sentimiento. EL CORREO

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