Apenas mueren turistas en las catástrofes naturales. En el terremoto de ayer no había constancia, y con el 'tsunami', de doloroso recuerdo, la hubo, pero como una gota de agua en un arrozal. La protección del Altísimo nos llega con un pequeño empujoncito del euro o del dólar. En Cancún y tras la visita del 'Wilma', han hecho hoteles refugio, que deben ser algo parecido al quitamiedos de la carretera, pero en las playas. Dicen que en Java las gentes salieron a la calle de sus casas y otearon el horizonte por ver si venía el agua desbocada o la lava. Pero en esta ocasión se abrió la tierra. En el caso de estas gentes su nacimiento es el comienzo de su muerte. Como en el de todos, pero con la diferencia de que allí no avisa. Llega por tierra, mar y aire con una violencia y una mala leche inusitada. La muerte es insuperable, pequeñas casitas de cartón que se pliegan sobre sus moradores, encuadernándolos para la eternidad. Lo que más me sobrecogió del 'tsunami' fue la convicción de que, aunque se hubiese sabido a tiempo su llegada, no se hubiera salvado uno más de los que lo hicieron, porque no había medio de trasladar la noticia de su amenaza. La misma convicción que ayer tuve cuando mi hija pequeña rescató una cría de gorrión que había caído del nido. Observé su dedicación al indefenso animalito, su empeño en sustituir a la madre, dándole pasta de huevo cada vez que abría su desmesurado pico en demanda de alimento.
Como con el 'Katrina', el 'Wilma' o el 'tsunami', tuve la certeza de que la indefensa cría moriría sin remedio. Como siempre he tenido la impresión de que los que peor lo iban a pasar no son los que se han ido, sino los que se quedan. En Java, los vulcanólogos venían pronosticando cómo el volcán podía entrar en erupción de un momento a otro. Hemos visto, de hecho, imágenes impresionantes en las que aldeas enteras de la isla quedaban cubiertas por un manto blanco de ceniza. Y a pesar de la amenaza, sus humildes habitantes se afanaban en sus inútiles quehaceres de supervivencia, sin sacudirse apenas las cenizas de la premonición. «Nací aquí, todo el mundo debe vivir en alguna parte», se lamenta el campesino junto al volcán de Sontag. Ayer todavía se dudaba de quién era el culpable de tanta devastación, si el volcán o el temblor de tierra, o ambos a un tiempo. Que se lo pregunten a los muertos y a cuantos vagarán ahora en una agonía itinerante por la senda del hambre. «Es la boca de un volcán... Que existe sólo de forma intermitente... Una amenaza constante, aunque predecible, por lo general no predicha. El gigante soñoliento que te dedica sus atenciones. King Kong vomitando destrucción y, luego, sumiendose otra vez en la somnolencia» (Susan Sontag en 'El amante del volcán').