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Sábado, 27 de mayo de 2006
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Armstrong y Alonso, cara a cara
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Después de presentar unas supersónicas zapatillas con parafernalia Nike en Nueva York, Lance Armstrong cogió su avión privado y se plantó en Mónaco. Invitado por AMD, patrocinador de Ferrari y de su equipo -US Postal (es uno de los socios mayoritarios)-, el americano acudió el jueves al puerto de los yates con una única idea en el libro de ruta: saludar a Fernando Alonso.

El encuentro se produjo en el campamento de Renault, situado en la pole del puerto, el primero según se entra. Allí donde las acreditaciones vip, las limusinas y los escotes se confunden con el paisaje del Mediterráneo y las barcazas. Armstrong fue directo al grano, como le gusta actuar. Vio el tenderete Renault y preguntó por Alonso.

La atracción entre ambos campeones proviene de tiempo atrás. Fernando Alonso adora el ciclismo, su leyenda. Ha nacido en una comunidad ciclista y en más de una ocasión ha manifestado que «iría antes a ver una etapa de los Pirineos que a un Gran Premio de F-1». Su único ídolo fue Induráin y en las votaciones anuales al mejor deportista siempre eligió al texano ganador de siete Tours.

A la inversa sucede lo mismo. Armstrong es un apasionado de la velocidad. Su querencia a los coches, a su flota de Porsches, a la F-1 quedaba retratada en el Tour cada fin de semana de carreras automovilísticas. Siempre preguntaba por el resultado, por los detalles de cada gran premio. Y por ahí surgió la admiración hacia Alonso.

Gobernadores cada uno de su mundo, fascinados mutuamente por el otro, encontraron un nexo en Chechu Rubiera. El ciclista asturiano del US Postal, hombre de confianza de Armstrong, paisano y amigo de Alonso, estableció el contacto el año pasado durante el Tour. Cogió el teléfono móvil de Armstrong y marcó el número de Alonso. La conversación entre ambos, en inglés por la fluidez del asturiano y con retazos en jerga castellana del estadounidense, provocó la curiosidad a dúo. Se citaron sin fecha. Hasta el pasado jueves.

En el puerto monegasco, Armstrong se interesó por el espectáculo flotante, por el folclore de camiones alineados convertidos en mansiones. Alonso tiró por otro derrotero: preguntó por la vertiente deportiva. Quiso saber el favorito del ex ciclista para el próximo Tour, el primero sin Armstrong.

Como siempre, el texano se expresó sin duda. Ullrich, dijo seguro. Y desmenuzó su pronóstico en base a que las contrarrelojes de este año son eternas y la montaña menos abrasadora que en otras ediciones. Alonso le inquirió por Ivan Basso, el líder del Giro, delfín anunciado porque ha sido el único que ha aguantado al texano en la montaña los dos últimos veranos, pero Armstrong torció el gesto. «Se está machacando demasiado en el Giro. Eso pasa factura».

Así que Alonso hizo suyo el vaticinio desde ese momento, amparado en la experiencia de su interlocutor, en el argumento del cansancio de Basso y en la histórica oportunidad para el alemán, al tiempo que se interesaba por las últimas novedades de la operación antidopaje que ha dado con los huesos en la cárcel de unos cuantos conocidos suyos.



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