Para que no haya dudas, no me refiero a la declaración de alto el fuego por parte de ETA. Sigo pensando que esta vez puede resultar gracias a que el Estado, por primera vez en la historia democrática, ha hecho en los últimos años bien los deberes. A pesar de lo que afirme Batasuna. Ha sido el Estado, todos los poderes del Estado, incluida la ilegalización de Batasuna, los que han hecho posible que ahora estemos calculando con la posibilidad de que ETA dé el siguiente paso: anunciar su desaparición.
Mientras tanto están sucediendo y van a suceder muchas cosas. Sobre todo se van a decir muchas cosas, se van a utilizar muchas palabras, se van a dar a entender muchas cosas que será preciso analizar para poner al descubierto lo que esconden esas palabras. Y es en este contexto de análisis de lo que dicen portavoces de Batasuna en el que encaja el título de este artículo: 'La trampa'. ETA-Batasuna caen una y otra vez en la trampa que pretenden tender a todos los demás, especialmente al Estado de Derecho.
Es una trampa en cuya construcción han contado con la ayuda de organizaciones como Elkarri y de intelectuales deseosos de superar definitivamente el conflicto vasco. Y la trampa consiste en hacer creer a todo el mundo que la forma de superar el conflicto radica en encontrar la metodología adecuada, implica poner entre paréntesis lo sustantivo del conflicto, no hablar de lo que importa, de lo que crea problemas, de lo que separa, sino centrarse en el método, en el camino. La mera proclamación de que lo importante es caminar, y no saber ni cuál es el camino ni adónde conduce el mismo, ha creado la idea de que existe un modo milagroso de resolver los problemas y los desacuerdos, un modo milagroso de cuadrar el círculo, un modo milagroso de no tener que enfrentarse a la cruda realidad.
Bien es cierto que quienes proclaman la superioridad del método sobre el contenido, la superioridad del caminar sobre la dirección del camino, saben perfectamente adónde quieren ir, adónde quieren llegar. Pero de tanto proclamar la metodología que supera, anula, neutraliza todos los contenidos, todos los problemas reales, han terminado creyendo que éstos van a desaparecer como por magia hasta que llegue el momento buscado por ellos, y que cuando llegue ese momento nadie estará en condiciones de resistirse a la situación alcanzada.
Pero la realidad es dura, posee su propia inercia, y en su terquedad aparece por donde menos se la espera. Y en el caso de los problemas políticos vascos, en especial en el caso del llamado conflicto vasco, la realidad tiene un nombre: el Estado de Derecho. Y cuando esa realidad aparece, los profetas de la metodología se sienten engañados, perciben, aunque sea inconscientemente, que han caído en su propia trampa: creían que la metodología, la cocina previa, el caminar por el simple caminar, la consagración del diálogo, la conjura de las mesas y el diálogo multipartito, sin exclusiones ni condiciones, habían eliminado definitivamente la realidad, la presencia del Estado de Derecho.
Algunas declaraciones recientes de Arnaldo Otegi, de las muchas que se le permite hacer, provienen de la frustración que le provoca haber caído en su propia trampa. El Estado de Derecho no ha desaparecido. No puede desaparecer por la magia de ninguna metodología. Como tampoco va a poder desaparecer por virtud de la ceremonia de las mesas, de la liturgia del diálogo multipartito. Ese Estado de Derecho, percibido como débil porque se impone a sí mismo garantizar los derechos incluso de quienes lo quieren abolir, es más fuerte y resistente de lo que creen algunos.
La trampa en la que caen ETA-Batasuna está en relación con lo que ha sido siempre su fin supremo, y sigue siéndolo según las ponencias aprobadas en su última asamblea celebrada en algún lugar distinto al BEC: destruir el sistema mismo de Estados, partiendo de la idea de que el motor de la historia son las naciones sin Estado, un motor que no debe conducir a la construcción de un Estado, aunque fuera vasco, sino a la destrucción del sistema mismo de Estado.
Otegi se burla de los discursitos del Estado de Derecho. Dice que no es eso lo que está en juego. Que lo que está en juego, que lo que importa, lo que conforma el núcleo del debate político es la resolución democrática del conflicto. Contrapone claramente Estado de Derecho y democracia. La democracia es, al parecer, lo contrario al Estado de Derecho. Para alcanzar la democracia es preciso dejar de lado, aniquilar si es preciso, el Estado de Derecho.
No pocas veces hemos pensado que los líderes de ETA-Batasuna no tienen ni idea de lo que supone el Estado de Derecho, que no conocen su verdadero significado. Pero creo que se trata de todo lo contrario: saben muy bien en qué consiste el Estado de Derecho. Conocen muy bien su naturaleza. Saben perfectamente de qué están hablando, al contrario del resto de ciudadanos y políticos. Porque lo saben, porque conocen muy bien su naturaleza, lo combaten. Por eso buscan su destrucción. Por eso recurren al conflicto que consiste en la existencia de naciones sin Estado: para acabar de una vez por todas con el sistema de Estados de Derecho -en las ponencias de la asamblea última de Batasuna se llega a decir que si a veces dan la impresión de abogar por un Estado vasco es para mejor así poder luchar contra el sistema de Estados, y no porque crean en el Estado de Derecho-.
¿Por qué combaten contra el Estado de Derecho, qué es lo que tanto molesta en él a estos líderes de ETA-Batasuna? El Estado de Derecho es la limitación del poder constituyente. El Estado de Derecho es la sumisión del poder soberano al imperio de la Ley y del Derecho. El Estado de Derecho es el resultado de una operación democrática de gran calado: pasar, con cierta rapidez, de la situación de poder constituyente -momento abierto a todo tipo de violencia- a la situacion de poder constituido, es decir, sometido a la ley -control legítimo del monopolio del poder y de la fuerza-.
El Estado de Derecho no es, quizá, la negación de la soberanía, pero sí su sometimiento al Derecho. El Estado de Derecho es la conjunción, siempre inestable, de la soberanía y de la legitimación del poder. El Estado de Derecho surge cuando a la soberanía, al poder soberano -por definción absoluto, ilimitado, incomunicable, indivisible, reconducción de lo múltiple a lo uno- se le impone la exigencia de legitimación sólo alcanzable por medio del sometimiento al imperio de la Ley y del Derecho.
El Estado de Derecho es un invencible vencido, un poder domado, una soberanía negada porque establece el principio de ciudadanía: individuos sujetos de derechos y libertades que están por encima del poder soberano y cuya garantía es debida y obligada para el poder constituido. Es lo que recoge el viejo adagio liberal: todo poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente.
Es evidente por qué ETA-Batasuna no pueden aceptar el Estado de Derecho: constituidos como representantes únicos y exclusivos de un poder sin limites, originario, soberano en toda la acepción del término -ETA como acontecimiento fundacional de la historia y del pueblo vascos- no pueden reconocer nada que limite esa soberanía, nada que limite ese poder, que no es ni siquiera del pueblo vasco, sino de ellos como representantes autodefinidos del mismo.
Pero han caído en su propia trampa: quieren hablar, dialogar, negociar con una de las instituciones de un Estado de Derecho, el Gobierno de España, pidiéndole que lo haga poniendo en suspenso el mismo Estado de Derecho que representa en parte. Es lo que una y otra vez reclama Otegi del Gobierno de Rodríguez Zapatero: que impida que el Poder Judicial siga actuando como parte del Estado de Derecho. Pero la división de poderes es un elemento consustancial del Estado de Derecho: nadie está en posesión del poder constituido, que a su vez, es ya un poder limitado por el Derecho y la Ley.
Si con algo tiene que ver la democracia no es con que las naciones sin Estado se impongan al sistema de Estados, sino con la realidad de la limitación del poder, con el hecho de la transformación del poder soberano en poder sometido a la Ley y el Derecho, con la instauración del principio de ciudadanía: derechos y libertades, y no creencias religiosas, identidades e intereses particulares. Seguiremos con discursos sobre el Estado de Derecho porque en ello nos va la libertad.