La cumbre entre la Unión Europea y Rusia celebrada ayer ha concluido con resultados más bien modestos, a pesar de la firma de nuevos acuerdos sobre visados y la continuación del diálogo abierto este invierno sobre el mercado de la energía. El tema principal sobre el que giró la reunión ha sido el de la seguridad energética y el pobre balance alcanzado es el más claro síntoma de la falta de confianza de los europeos hacia un Vladímir Putin que se permitió el día de Año Nuevo cerrar la llave del gas para 'castigar' a Ucrania, sin calibrar sus repercusiones políticas en la UE.
Para la Unión, la relación con Moscú es de gran importancia estratégica, ya que buena parte de su aprovisionamiento energético proviene de Rusia, que sigue siendo además un actor internacional de primer orden, con mucha influencia en Oriente Próximo y en China, e incluso en Irán, aunque hasta ahora haya ayudado al régimen islamista a ganar tiempo. Pero la jugada de la estatal Gazprom cortando el gas en pleno invierno ha hecho que la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, estén más dispuestos a unir fuerzas para formular una todavía inexistente política energética europea. Desde el significativo movimiento realizado por Rusia, Bruselas ha tomado conciencia de la necesidad de diversificar el suministro y encontrar un modelo energético menos arriesgado, y Putin, a su vez, se ha percatado de que incluso un régimen tan autoritario como el suyo está a expensas de una buena relación con Europa. En la cumbre del Mar Negro se intentaba volver a sentar las bases de un posible entendimiento entre la UE y Rusia en materia energética que todavía tendrá que esperar para concretarse en acuerdos sustanciosos. Y es que si Moscú aspira a beneficiarse de la distribución europea, la UE no tiene menos interés en romper el blindaje del monopolio estatal de la producción energética rusa.