Todos tenemos una idea de lo que es una fiesta benéfica. Es una fiesta solidaria, a beneficio de una causa noble y justa. La fiesta benéfica, como su propio nombre indica, se monta con el fin de recabar ayuda para variopintas situaciones en las que no hay nada que festejar.
La cuestión es que recaudar fondos para hambrientos y así requiere unos gastos tremendos y un sinfín de problemas de selección y protocolo. A una 'soiree' benéfica organizada por solidario famoseo no van nunca los posibles beneficiados. Lógico. Imposible para cualquier refugiado o afectado de un tsunami u otro mal o desgracia desembolsar, a parte de otras muchas adversas contingencias, los 150.000 euros que pagó un empresario británico por asistir con señora al sonado sarao archipúblico y al mismo tiempo secreto de la pareja Beckham. Con la invitación en la mano, el entorno de los anfitriones le puso a este hombre de empresa más pegas que a un apestado. Le obligaban a firmar un acuerdo de confidencialidad: ir a la fiesta famosa y no poder contarla, ni a los amigos siquiera. ¿Para qué iba el torero Dominguín a beneficiarse en una noche española a Ava Gadner si hubiera tenido que mantener la boca cerrada y no pudiera pavonearse de la gesta?.
En la fiesta de los benefactores Beckham se prohibieron móviles y cámaras pese a que la solidaridad, móvil del evento, ritma aquí con notoriedad manifiesta. ¿Temían acaso que algún asistente quisiera sacar tajada yendose de la lengua con un detalle en exclusiva que beneficiara a la vez a la prensa escandalosa? Quedan misterios por resolver en el fasto filantrópico de Hertfordshire que no resistirán el sigilo, tales como las enigmáticas firmas lucidas en el relumbrón benéfico, siempre beneficiadas por la resonancia festiva. La marca del zapato y la mano que moduló la cabellera. Las etiquetas de los trajes de etiqueta, las joyas, el cocinero, el menú y las copas. Tremendos beneficios colaterales los que se necesitan para una fiesta en pro de necesidades tremendas.