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Martes, 23 de mayo de 2006
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Plagiarios
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El autor de 'El Código Da Vinci', Dan Brown, no es un plagiario. La plagiaria es su mujer. Esta pareja es réplica de lo que sería el modelo ideal de perfecta división del trabajo. La acusación de plagio cayó sobre el escritor a cuenta de la asombrosa idea de una familia formada por Jesús, María Magdalena y los niños, idea que andaba en otros libros con ideas originales que dormían años de olvido en esos limbos de títulos que esperan el Juicio Final en librerías de ocasión. Ante la Corte londinense, Brown contó su vida familiar. Declaró que en su casa cada uno tiene su despacho. Blythe, la esposa, engulle datos, redacta fichas y resúmenes de intriga, fagocita todo escrito que le encarga leer su esposo, desde las cuatro de la mañana, mientras él escribe. Esto es: un matrimonio de intereses que no tiene porque ser un matrimonio por interés.

A partir de cierta edad, casi todo figura cansinamente repetido. A este ataque de arrogante melancolía los franceses lo definen con dos certeras palabras, 'dejá vu', ya visto, porque con el tiempo, como parece que dijo primero Eugenio Dors, todo lo que no es tradición es plagio: canciones que ya has oído, cuentos ya leídos, películas que ya has visto se presentan como novedades, como últimos gritos creativos. El plagio, como el ADN que se copia a sí mismo, es parte de la naturaleza del ser humano. A la apropiación como fuente de creatividad se le llama homenaje o copia creativa y en ocasiones hay plagios que terminan alcanzando un valor superior al del original.

Bajo el titulo de 'Plagiarismo' una exposición recoge en Barcelona la historia de los 'copiones' más relevantes y su contribución a la cultura con distintas apropiaciones y reformulaciones de ideas ajenas. En la muestra, obviamente no está una copia que semeja hacer honor al original sin pretensiones y que es la copia pirata y china mandarina, la falsificación de complementos de marca sin contemplaciones ni vainas. En cine te endilgan un poquito de Hitchcock por aquí, otro poco de Spielberg por allá, unas gotitas de Fincher, se mezcla y agita y eureka, estamos ante el último film revelación. Sin embargo a nadie se le oculta que el bolso de la vecina es un Vuitton tirado de precio sacado de una manta en la rue.



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