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Lunes, 15 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
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Christian 'Dios'
Supersticioso, solitario y acomplejado por su físico, Dior revolucionó hace 60 años el mundo de la moda, inventó la alta costura y reinterpretó la elegancia
Christian 'Dios'
EXQUISITO. Dior eligió a uno de los mejores fotógrafos del mundo para sus colecciones. / RICHARD AVEDON
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En apenas una década, el 'emperador' de la moda -el 'dictador', le definían otros muchos, en una mezcla de temor y reverencia- inventó la alta costura y revolucionó el diseño del siglo XX tras la Segunda Guerra Mundial, al pincelar la silueta femenina con cinturas de avispa y enormes faldas en forma de campana de hasta veinte metros de circunferencia. Christian Dior (1905-1957) fascinó y desconcertó por igual a mujeres de todo el mundo, incluida su madre, cuyos vestidos proyectó en su primera colección (1947), que le elevó para siempre a los altares de la moda en una Santísima Trinidad que el modisto francés encabeza junto a Coco Chanel y el guipuzcoano Balenciaga.

A Christian, segundo hijo de Maurice Dior, un acaudalado y conservador empresario dueño de una fábrica de fertilizantes, nunca le tiró el mundo de su padre. Su mundo era el jardín de su madre. Siempre andaba pegado a las faldas de Madeleine y correteando entre las rosas, jazmines y claveles silvestres que adornaban la mansión familiar normanda de Les Rhumbs. Por eso fruncía el ceño los días que el viento soplaba fuerte y conducía el desagradable olor de los fertilizantes a casa, mientras los vecinos murmuraban: «¿Hoy huele a la Dior!». En el autobiográfico 'Christian Dior y yo', no ocultaba su malestar cada vez que su padre le obligaba a visitar las empresas. «De esa época -escribió- viene mi odio a las máquinas y mi firme determinación de no trabajar nunca en una oficina».

El chaval era feliz con otras cosas; escuchando a su abuela Madame Martin, que le contagió sus supersticiones -nunca salía de casa sin sus amuletos (un pedazo de madera, un brazalete con dos corazones, un trébol de cuatro hojas y un ramito de lirios del valle, emblema de la firma) ni movía un dedo sin consultar con su adivina Madame Delahaye-, o diseñando disfraces para él y sus cuatro hermanos para el carnaval de todos los veranos en Granville, donde nació un 21 de enero.

Entre genios

Su única ambición era «respirar el aire del momento» y disfrutar de su gran pasión: la música. En el cosmopolita París de los años 20, Dior vivió, rodeado de lujo, el día y la noche. No se perdía una exposición pictórica, un estreno teatral y, por supuesto, una fiesta. Era un habitual del bar de moda de la bohemia 'pija', Le Boeuf Sur, donde coincidía con una cuadrilla de genios: Picasso, Cocteau, Stravinski, Rubinstein, Sauguet, Breton... De ahí que cayera como una bomba, aunque no sorprendiera en la familia, su deseo de estudiar Bellas Artes, algo que no toleraron sus padres.

«¿Se te olvida la tragedia que persigue a los artistas? ¿Recuerda al pobre Van Gogh! Serás director o administrador en nuestras empresas», le recordó su progenitor. Cuando su pequeño se matriculó en Ciencias Políticas, Madeleine creyó haberle enderezado el camino y hasta soñó con verle convertido un día en diplomático. Erró. Como en su intento de que se enamorase alguna vez de una mujer. Ya le había elegido candidata: Peggy, la hija de un coronel británico retirado que jugaba muy bien al golf. Cuenta la biógrafa Marie-France Pochna en 'The man who made the world look new' que la casa del diseñador estaba siempre llena de invitados íntimos, pero que nunca fue «muy correspondido» por los jóvenes que elegía.

Pero Christian se salió con la suya. Abandonó los estudios universitarios y su padre le montó una galería de arte moderno con la condición de que el nombre de la familia no figurase en la puerta para que no le relacionasen con el movimiento artístico 'avant-garde'. Desfilaron por ella Dalí, Matisse, Miró... Pero ni siquiera así liberó sus frustraciones. Tímido, solitario y de carácter inestable, jamás superó su miedo al fracaso ni a volar. Vivió también acomplejado por su aspecto físico: «¿Estoy horrible! Soy feo y un gordito poco atractivo», confesó días antes de morir de un infarto en un balneario italiano donde se sometía a una cura de adelgazamiento.

Con la depresión del 29, su padre se arruinó y él cultivó una huerta para alimentar a los suyos, pero el gran mazazo que le quedaba por sufrir antes de triunfar fue la muerte de su madre, que nunca superó: «Se dejó morir secretamente de pesar por el ingreso de mi hermano Bernard en un manicomio». Al fallecimiento de Madeleine, siguió su tuberculosis.Unos amigos le financiaron el tratamiento médico en Ibiza y allí, solo, despuntó su talento creativo. «Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana», solía decir. A su vuelta a París, realizó bocetos para el periódico 'Le Figaro' y diseñó vestidos y sombreros para distintas casas de costura hasta crear, en 1946, la suya.

Amas de casa en guerra

En el París de la posguerra, marcada por el racionamiento y la escasez, él derrochaba fantasía y metros y más metros de telas deslumbrantes en cada falda, lo que llevó a que muchas amas de casa salieran a las calles para destrozar unas creaciones que la revista americana 'Haper's Bazar' bautizó como 'New Look'. Era el triunfo del 'estilo Dior', en reacción al militar que caracterizó los años 40. Dior sedujo a ricas y pobres, que se pintaban una línea en la parte trasera de las piernas para imitar las costuras de las medias de seda que tanto añoraban.

En realidad, hizo lo que quiso con las mujeres. Fue el más grande de la moda. Les realzó los pechos, les acentuó las caderas y les estilizó los cuerpos con vestidos tan estrechos que casi les impedían andar. En su funeral, el párroco de la capilla de Montaurux, en La Provenza, recordó que Dior había sido llamado «por Dios para vestir a los ángeles».



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