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Lunes, 15 de mayo de 2006
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fórmula 1
Alonso desata la histeria en Montmeló
Arropado por 130.000 personas, logra su tercer triunfo del año por delante de Michael Schumacher
Alonso desata la histeria en Montmeló
ENTREGADOS. Los aficionados se volcaron con el asturiano. / EFE
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Ninguna imagen del deporte evoca tanta pena como aquella final de Maracaná, Mundial 1950, Brasil ante Uruguay, fútbol en sepia, el mayor estadio del mundo lleno con la hinchada más fervorosa que se ha conocido. Brasil perdió, Maracaná solicitó su demolición, hubo suicidios colectivos y el país permaneció sumido en una depresión general durante meses. Había 174.000 espectadores en aquel legendario estadio de Río de Janeiro. Sin llegar a ese grado de histeria, algo de esto tenía la cita de ayer en el circuito de Montmeló.

Alonso había convocado a su audiencia como el flautista de Hamelín a los ratones. Un hechicero con licencia para dirigir el ánimo de las masas. Hasta el circuito del Vallés Oriental se acercó una colonia de 131.200 aficionados, no todos alonsistas que muchos le tienen gato, que el ferrarismo cuenta con multitud de seguidores en España, pero todos con una idea en la retina: analizar el comportamiento en carrera de Alonso. La amenaza de Ferrari pendía en el ambiente.

Y el asturiano tendrá un carro de defectos, ¿quién no?, pero sobre la pista funciona como una máquina infalible. Ganó en Montmeló, juntó a su favor todo el carro de estadísticas mareantes que maneja la Fórmula 1 a falta de mejor información (su primer éxito en España, la victoria 100 de Renault...), dio un golpe de autoridad al Mundial, decretó el camino de tensión que le espera a Michael Schumacher y los sesudos ingenieros de Ferrari, pero, sobre todo, Alonso se emocionó. Nada hay peor que la autocensura, que una vida planificada al detalle, una agenda que esclaviza cada minuto del día, que impide el aliento de la inspiración y deja en manos de los números y la fría computadora cualquier atisbo de imaginación.

Esto sucedió ayer en Montmeló. El Alonso calculador, hermético e impasible ante las emociones cedió a la tentación. Dirigió su talento hacia donde no llegan los demás. Llevó su coche al límite, el sueño de cualquier piloto, objetivo último de cualquier inquilino de estos reactores de asfalto. Ningún piloto dirá que quiere limitaciones, prohibiciones a la evolución, a la posibilidad de ir más deprisa. Alonso se liberó en Montmeló. Decidió no pensar, zafarse de la tensión que supone ser el número uno, disfrutar y hacer disfrutar. Esquivó los grilletes de la autocensura como si fuese William Wallace arengando a su ejército en minoría frente a los ingleses. También azul Braveheart, como el colorido de Montmeló.

Puesta en escena

La carrera se perfiló en ese pálpito mitad salvaje y sobre todo insensato y después en una espectacular puesta en escena. El asturiano voló durante 55 vueltas y disfrutó durante once, cuando ya Schumacher dimitió y quedó sin opción. Para llegar a ese maridaje con el público, Alonso exprimió un coche potente, unos neumáticos solventes, un equipo sin fallos y un pilotaje sobresaliente. Una confluencia de factores que decretaron su mejor carrera de F-1, según confesó él mismo.

Fisichella no dejó que Schumacher le adelantase en la salida y el guión se escribió a partir de la velocidad que el español imprimió a su coche. Detrás de ese mundo de sofisticación y túneles del viento, de promoción de un sector que mueve la economía de las naciones, están las manos del piloto su cabeza para domesticar la adversidad, su arrojo para conducir más rápido que el otro. Eso hizo Alonso. Pilotó a todo trapo.

Los repostajes no decretaron lo contrario. Resulta aburridísimo que las carreras se decidan en la carga de gasolina, las décimas de un cambio de ruedas o la idoneidad de entrar antes o después en el garaje. Alonso ingresó con doce segundos de ventaja sobre el germano en la primera parada y con los mismos salió de la segunda detención. Mientras el asturiano disfrutaba y Schumacher recogía puntos para seguir en la pelea, se adivinó que el campeonato apunta a un mano a mano. McLaren no está. Vive en el exceso. Construye coches supersónicos o impropios de su leyenda. El de 2006 no augura de momento nada bueno. Montoya saltó por la hierba presa de su ansiedad y a Raikkonen se le soltó una pieza de su carrocería cuando había remontado cuatro posiciones en una salida fantástica.

Alonso tardó una hora y 26 minutos en recorrer 305 kilómetros, a una media de 212 por hora en su primera victoria en España en la F-1. Datos para la hemeroteca que no solapan por una vez la realidad. El embrujo de este triunfo tocó alguna fibra de su sensibilidad.



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