El Athletic es un Club de Primera. Y lo seguirá siendo. Estaba escrito. En las horas posteriores a la agónica victoria de Riazor sentimos la liberación del condenado. Casas y Orbaiz rompieron con sus goles los grilletes de un equipo, de una afición, que no se merecían esto. Celebramos la permanencia como si se tratara de una conquista épica, apenas un año después de ver cómo se desmembraba un proyecto deportivo que nos llevó a Europa y a las puertas de una final de las de verdad. ¿Dónde quedaron las promesas?, ¿dónde las recriminaciones a los que ahora no están para pagar los platos rotos? Claro que siempre habrá una cabeza de turco a mano: ayer, los antiguos técnicos; hoy, los malditos periodistas sin carné... ¿y mañana? Al alcanzar la meta, nos sentimos como Sabina cuando pregona aquello de que, después de todo, resulta que al final «el Dorado era un champú». Hoy nos miramos, cómplices en la fe rojiblanca, y sentimos una felicidad que poco tiene de racional. Probablemente porque, como afirmaba el escritor Benjamín Jarnés, «el júbilo verdadero sólo se adquiere a costa de un dolor vencido». Y qué dolor. Treinta y siete jornadas de sufrimiento compartido para salir de un pozo en el que nunca debimos caer. Son tiempos de reflexión.
Soy socio del Athletic desde 1972. Un dato que en sí mismo carece de relevancia pública, pero que me llena de orgullo. Treinta y cuatro años de alegrías y tristezas, presididas siempre por la sensación de privilegio compartido que genera pertenecer a un club especial. El Athletic es un sentimiento. No un ladrillo que se lanza a la cabeza del que, simplemente, no piensa como tú. Con los sentimientos no se juega. Ni se mercadea. Por eso quiero descubrirme ante la gran familia rojiblanca. Gracias a los jóvenes de los fondos que animaban sin cesar, peregrinando por esos campos de Dios. Gracias a los veteranos forofogoitias que aguantaban estoicamente en la tribuna, con el rostro velado por la palidez del sufrimiento. Gracias a los que no necesitan exteriorizar sus sentimientos, porque no siempre ama más a nuestro Club el que más grita. Y gracias a quienes han hecho de tripas corazón y se han mordido la lengua mientras estaba encendido el piloto rojo, en un ejercicio de responsabilidad que ha dejado en evidencia a quienes actuaron de manera radicalmente distinta en un pasado muy reciente. Que no esperen recompensa alguna quienes han hecho del silencio responsable su divisa. Más bien al contrario. Ya advertía Ramón y Cajal que hay tres clases de ingratos: «Los que olvidan el favor, los que lo hacen pagar y los que se vengan».
El Athletic somos todos. Los que abrazan este sentimiento pertenecen a nuestra familia. Unos nacimos en Indautxu y otros lo hicieron en Cáceres. Yo nunca les pediré el carné ni les examinaré del amor. No hay que releer a Bertold Bretch para saber lo peligrosos que resultan algunos experimentos. Sólo puedo descubrirme ante ellos, sólo puedo emocionarme ante vosotros: ante la mejor afición del mundo. Somos grandes. Somos del Athletic. Zorionak.