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Viernes, 5 de mayo de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
Por Urdaibai con Iban Mayo
Pedaleamos con el corredor del Euskaltel por las carreteras del entorno y el corazón de la reserva natural
Por Urdaibai con Iban Mayo
RINCONES. Iban Mayo y el periodista Jesús Gómez Peña pedalean junto a la costa, salpicada de puertos y playas. / BORJA AGUDO
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MARCHAS
Ciclista Gernikesa:

Domingo (9.00 h) Mendata-Durango-Elgoibar-Markina (95 km.).

Zalla T. E.:

Domingo (8.30 h) Zalla-La Barrerilla-Altube-Orozko-Llodio-Zalla (105 km.).

S. Cicloturista Barakaldesa:

Sábado (9.00 h) Barakaldo-Sopelana-Butrón-Bakio-Jata-Maruri-Urduliz-Las Arenas-Erandio-Bilbao-Barakaldo (95 km.).

S. C. Punta Galea:

Sábado (8.25 h) Somorrostro-Sodupe-Añes-Gordexola-Sodupe-Erletxe (139 km.). Domingo (8.25 h) Mungia-Bakio-Bermeo-Zornotza-Erletxes (100 km.).

S. C. Ariznavarra:

Domingo (8.30 h) Zaldiarán-Berantevilla-Zambrana-Berganza-Peñacerrada-Zaldiarán-Vitoria (85 km.).

C. D. C. Foronda:

Domingo (9.00 h) Landa-Villarreal-Barázar-Zeanuri-Igorre-Dima-Otxandiano-Villarreal- Miñano-Vitoria.

S. C. Langraitz:

Domingo (9.00 h) Nanclares-Subijana-Cárcamo-Osma-Angosto-Espejo-Salinas-Nanclares.

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Las piernas, sus músculos, son el campo donde labran los ciclistas. Iban Mayo tiene una de sus parcelas preferidas en Urdaibai. Hoy me la enseña. «Salimos con el viento en contra y así volvemos a favor», me dice en Durango. Mima a su acompañante. La ruta, en principio, va a tener 80 kilómetros, pero crece a medida que pasa la mañana. Hasta 102. Largo para las piernas y breve para la mirada. Urdabai es un edén, una coctelera geográfica. Es normal entretenerse aquí.

La del ciclista es una profesión al aire libre. Los ojos del corredor son táctiles. Tocan el viento. Lo predicen. Desde Durango hasta Gernika y tras saltar Autzagane, el freno aéreo nos acompaña. «Mejor así, que a mí ya me ha tocado volver con el viento de cara y un 'melocotón' de aúpa». 'Melocotón' en el argot ciclista es sinónimo de pájara, de desfallecimiento. Tras Kortezubi, un cultivo de adosados, giramos hacia las playas. La primera es Laida. Hay suerte. Marea baja. Todo el arenal al alcance. Enfrente, Mundaka, el pueblo que resume un paisaje: la puerta de Urdaibai. Mayo me va desnudando el mapa: rincones para tomar café, calas para bañarse en sol. Es la memoria de miles de entrenamientos.

La costa está sembrada de puertos, cantiles, playas y calas. Y por eso la carretera tiene que ser un ovillo de curvas y repechos, como el que va de Laida a Laga, otro cubo de arena. A medida que peregrinan la nubes, aumentan los visitantes. Atrás quedan el estuario, los humedales y un escaparate colmado de aves. «Hoy puedo disfrutar del paisaje», dice el corredor del Euskaltel-Euskadi mientras su mirada hace una ronda. «Generalmente, no tenemos tiempo para ver nada». Entrenar es sufrir para luego padecer menos en carrera. Hoy no. Hoy se trata de cicloturismo.

Urdaibai está vestido de verde raso y falda de color arena. «Ahora ya nos pegará el viento más favorable». Acierta, claro. Nos colgamos del cabo Ogoño y tiramos hacia Ibarrangelu. Para salir de allí hay que subir. Un coche nos adelanta y, de inmediato, tuerce hacia la derecha, a la boca de un garaje. Mayo es un resorte. El carácter es la levadura del campeón. Y recrimina al conductor su impaciencia. «No hay cosa que más me fastidie. ¿Es que no puede esperar un momento o qué?».

Tras ascender a Natxitua y bajar a la angosta Ea, Mayo me muestra una cuesta: Bedarona. «Por aquí nos metían en cadetes. Dos veces. Pasé el primero en la vuelta inicial, pero luego casi me tienen que subir a empujones». Para ganar, como él, en Alpe d'Huez, hay que perder en muchos puertos. Bedarona tiene un par de kilómetros. Duros. Mayo baila sobre los pedales. Yo bogo. «En Lieja, el equipo CSC llevaba platos pequeños de 36 dientes. Con eso y un piñón de 23 se sube mejor que con un 39x25. Hay menos salto». A él, con 15 años, le tocó subir por aquí con el 42x21. Un tuercepiernas. «En todas la carreras nos ponían cuestas. ¿Cómo van a salir esprinters aquí?».

Descanso para el café

De Bedarona nos deslizamos hacia Ispaster, el pueblo de Gabika. Junto a un palacete sombrío, Mayo me ofrece un nuevo giro en la ruta. «Ven, te voy a enseñar dónde acababa aquella carrera de cadetes». La sugerencia me cuesta un tremendo repecho. «Esto es un muro, como los de las clásicas». Así es. Y con los únicos baches del camino. Es poco más de medio kilómetro, pero da tiempo a contar cada paso. Estalla el sol. A cielo abierto, reluce Urdaibai.

Nos incorporamos a la carretera que cae hacia Lekeitio. Toca parada. «Los de la 'grupetta' de Durango solemos tomar aquí un café». Mayo elige una cafetería recogida. Pero le reconocen de inmediato. Le animan. Pese a los líos en que anda desde hace tiempo este deporte, ser ciclista aún es un orgullo. «Venga, que ya sólo queda una hora de ruta», me consuela. El de hoy no es un recorrido de grandes puertos, pero sí de ésos que roen las piernas. Tras pasar junto al puerto y las terrazas de Lekeitio, desplegamos velas hacia Markina, previo paso por el alto de Milloi: dulce, suave. El viento, ya lo dijo Mayo, pedalea con nosotros. Mejor, acabo de cruzar la barrera de las tres horas de marcha. En el ciclismo, los límites son cuestión particular.

Sólo queda el puerto de Trabakua. «Aquí empieza», advierte Mayo. «Yo ya llevo dos kilómetros subiendo», respondo. Nos reímos. «Este puerto no engaña. Es lo que ves. Esta recta hasta el túnel», define Mayo como tanteándome. Ha percibido mi fatiga. «Métete en la cuneta. El asfalto de la carretera agarra más para evitar que los coches patinen. En algunos puertos del Tour pasa lo mismo». Tiene razón. Con las fuerzas justas, Trabakua se estira. Afortunadamente, es el final. De espaldas ya a Urdaibai. Apenas resta descender hasta Durango. «Ha estado bien el paseo. Mañana me toca un entrenamiento duro», se despide. A poner sus piernas a labrar. Las mías permanecerán un par de días en barbecho.



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