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Viernes, 5 de mayo de 2006
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DEPORTES
Bilbao Basket
La agonía más gratificante
El Lagun Aro enfila el camino de la permanencia tras rozar el drama y ganar por un punto al Breogán
La agonía más gratificante
LUCHA SIN CUARTEL. Rancik refleja el esfuerzo que realizó el Lagun Aro.
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LECHE RÍO LAGUN ARO -
85 84

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Tendrá que ser así. Alguna divinidad habrá querido que el Lagun Aro pague por sus pecados a golpe de sufrimiento, envuelto en la agonía. Más que la vivida ayer es impensable. Una gran primera parte; hundimiento generalizado en la segunda; el Leche Río que ve una milagrosa vacuna salvadora a su alcance; el público que no quiere ni imaginarse a los suyos en otro escenario que no sea la ACB; y una reacción final suficiente para ganar por algo tan aparentemente superfluo como un punto, tras pararse los corazones con la última posesión lucense.

No quedará otro remedio que contratar un bono con algún servicio de cardiología. Bienvenido sea si en agosto compartimos la Aste Nagusia con la presentación del tercer formato rojillo en la ACB. Pero qué duro es digerir los bandazos que da este equipo. Su calidad y, sobre todo, inteligencia, cuando se imponen, invitan a confiar en que el siguiente destino debe ser una clasificación copera o una plaza de 'play-off'. A fin de cuentas, las consiguen no sólo equipazos; también grupos homogéneos, sólidos, en los que ante todo cada uno tiene las ideas y responsabilidades marcadas a fuego. No ocurre lo mismo entre los entrenados por Vidorreta.

Para ayer sirve como atenuante el nerviosismo, la presión, ver los incisivos al lobo a milímetros de distancia. Y con todo ello pudo el equipo, aunque al final diera la impresión de ser con un capote de la 'amatxo' de Begoña -que esta semana ha tenido trabajo extra en lo deportivo- con lo que se evitó el duelo. Primera parte para enmarcar. El juego tuvo el sentido necesario. Rancik llevándose al huerto a Mickeal al exprimirle en el poste bajo. Los tiros exteriores fueron los justos. La inercia siempre ascendente. Sin vértigo. Con la seguridad que da una afición de matrícula de honor, a la que también le atenazaron los fantasmas sin que aquello acabara en parálisis.

Decían desde Lugo que el Breogán se vendría abajo en cuanto los de La Casilla se fueran en el luminoso. No tardó en ocurrir. El 16-6 de los instantes iniciales alcanzó su cota máxima en el último suspiro del primer cuarto 25-10), antes de que un triple de Brown maquillara la situación. Pete Mickeal -junto a Lou Roe uno de los cracks de la temporada- vagaba por la pista, bien defendido. En la pintura, el Leche Río naufragaba. Sólo McNaull daba sensación de verticalidad en un equipo que estuvo en Bilbao, entonces, de cuerpo presente.

Rancik fue el abrelatas. Weis un valladar. Salgado un director entonado. El trío fue el que tiró del carro, junto a Panko. Las ventajas se mantenían más allá de la decena y llegaban a los catorce puntos al descanso (51-37), con el equipo reconciliado con el juego ofensivo. La fiesta comenzaba a extenderse por las gradas. Todo parecía ya conquistado. Como suele pasar, craso error.

Retornaron los hombres de negro del descanso embobados con su buena estrella. Dos malas defensas y parcial de 0-5. Ceños fruncidos. A renglón seguido, un parón de algunos minutos por un reloj de posesión que se quedó bloqueado. El Lagun Aro se congeló. Su afición se destempló. El Breogán entendió que aquello jugaba a su favor. La reacción acababa de comenzar.

Llegan los nervios

Olvidada la lógica, los nervios desembarcaron en el pabellón. Los lucenses sabían que no les quedaba otra que arriesgar. Los bilbaínos lo hacían sin tener por qué. El baile del triple sonó descompasado, sin afinación alguna. Saltaron las alarmas. Quedaba ya en el olvido la renta máxima de 16 puntos (49-36). El colista metía la directa, recortaba el seto que hasta entonces le impedía gozar de una vista despejada y todo lo bueno de los vizcaínos se tradujo en descomposición.

Llegó el primer empate (tras el lejanísimo (4-4) en la primera posesión del último cuarto (64-64). El resto, inenarrable. Tiros libres que no entraban, un arreón liderado por Javi Salgado y la condena a la muerte súbita. Con 85-84, el Leche Río se las ingenió para depender de sí mismo durante 19 segundos, una eternidad. Brown asumió la responsabilidad.El público se quedaba sin voz, intentando interceder en favor de los de casa. El balón voló a canasta. No entró. ¿Por qué? Porque, pese a todo, no hubiera sido justo. Por agonizar, que no quede.



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