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Jueves, 4 de mayo de 2006
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OPINIÓN/Asuntos domésticos
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Dios te tenga en su mano, pobre Blair, que me parece «que te despeñas de la más alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad», decía el cura entre sí de don Quijote. Esta estrella pesada y rutilante que ha dejado a todo el mundo ciego, aunque se haga bueno aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y los británicos hayan insistido, braceado en la miserias de la seguridad, de los abismos sociales y las mentiras de la guerra. Freud llevó todos los conflictos al ámbito sexual. Y yo empiezo a creer que por eso no hay salida y que la distorsión energúmena de la realidad también aquí debe pertenecer al catálogo de las obsesiones obscenas. Mi Blair, un buen retórico y un gran impostor, ha practicado la 'tercera vía' que ha resultado simulación. La vía ética se estrelló con el brasileño cosido a tiros en una estación de metro por estar en el lugar inadecuado en el momento inorportuno, tener cara de terrorista, como todos los inmigrantes, en el acojono desorejado de los atentados de Londres que apuntaba a todas partes, maquillando al paso los informes de los servicios secretos para perseverar en la guerra y sacralizando la imagen de buen pastor mientras su pastorcilla cargaba a la cuenta del Partido Laborista dinero de bolsillo en peluquería y obra de refundación propia, además de cobrar por su ilustre presencia en fastos como representante de Porcelanosa, en tangenciales mariscadas de pobres y defendiendo la privacidad de la primera dama que come los langostinos con los dedos. La ética con cuenta corriente es una molestia y los caudillos abrazan el patriotismo como John Wayne en el asalto al carro blindado. No es que de suyo sea sucio, que no, sino que hasta los escoltas acaban con cara de sospechoso, cuando el coche lleno de oro se evapora. Porque la decadencia empieza mayormente en la perdida de la inocencia, no en el momento en que uno distrae una cerveza, sino en el momento en que, como el turista de Hong Kong paga a un timador italiano 900 euros por una birra. En mis tiempos se decía que es tan timador quien da como el que toma. La ética en la tercera vía ha tenido la virtualidad de practicar algunos milagros -dentro del estrambote imposible e inevitable del sexo- como cuando el ministro ciego Blunkett pagó algunas cosillas con carta oro del erario público y se echó una novia extramarital lazarillo bandera, que no todo debía ser braille, en aquella inmensidad. O el vidente viceprimer ministro Prescot fue denunciado por su amante inmensa secretaria por cincuenta millones de las románticas pesetas de antes. El ciudadano Blair ha dicho a sus conciudadanos que de lo que tienen que ocuparse es de los asuntos domésticos: floración de los magnolios y asomo de la higuera. Han metido el hocico hasta en la televisión. También Prescott rogaba que no hurgaran en la herida porque se estaba haciendo un daño incalculable a su matrimonio.

j.l.peñalva@diario-elcorreo.com



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