La oposición socialista reclamó ayer en el Parlamento francés la dimisión del primer ministro conservador, Dominique de Villepin, por juzgar que ha mentido al negar encontrarse detrás de una conspiración contra Nicolas Sarkozy, titular de Interior y presidente de la UMP, el partido gobernante. La nueva publicación por 'Le Monde' de notas y confesiones judiciales del general Philippe Rondot, ex responsable de los servicios de inteligencia, contradice las versiones del jefe del Gobierno y del presidente, Jacques Chirac, que reiteraron sus desmentidos al «culebrón mediático».
La Cámara de los Diputados volvió a convertirse en una caja de truenos en la segunda sesión semanal de control al Gobierno. En plena tormenta parlamentaria, tras recibir el aval del líder socialista, François Hollande, el diputado Arnaud Montebourg tomó la palabra para preguntar a Villepin «cuándo va a asumir sus responsabilidades y entregar por fin al presidente de la República su carta de dimisión». El interpelado cedió la pelota a su ministro de Justicia para que la lanzara fuera.
El inquisidor socialista resumió con brillantez la situación insostenible creada por el escándalo en la cúspide del Ejecutivo: «el 'número dos' de su Gobierno (Sarkozy) se ha querellado contra el 'número uno' (Villepin) provocando registros en el 'número tres' (Michèle Alliot Marie, Defensa) del equipo que usted dirige». «Es un gravísimo asunto de Estado que no puede quedar sin sanción política», concluyó.
«Culebrón periodístico»
Minutos antes, en respuesta a una andanada de Hollande, el primer ministro había admitido sentirse «herido» por un «linchamiento» alimentado por un «culebrón periodístico» consistente en «ataques incesantes, calumniosos e injustos». En un comunicado previo, Villepin denunció la explotación por 'Le Monde' de «declaraciones entrecortadas, amalgamas e interpretaciones».
El episodio del día es una versión ampliada de la confesión de Rondot y ofrecida de forma casi íntegra en la edición electrónica. La lectura aporta algunas confidencias elocuentes del general a los jueces. Por ejemplo, les dijo que «nadie tuvo el coraje político de decir: stop, dejemos de jugar a la masacre» pese a que había advertido de sus dudas a Villepin y Alliot Marie desde abril de 2004.
Un mes después un delator anónimo comenzó a enviar listas de cuentas secretas en el extranjero a un juez financiero que tardó un año en averiguar que se trataba de un montaje. Entre los supuestos titulares se encontraba Sarkozy al que la mano negra atribuía dinero oculto en Italia. Una falacia.