El oficio tiene a veces sus pequeñas satisfacciones. Como entrar en el ascensor que lleva a los camerinos del Palacio Euskalduna, apretar el indicador del primer piso y escuchar, al abrirse la puerta, a María Bayo practicando escalas en el vestíbulo. Un torrente de voz cristalina lo inunda todo y rebasa las puertas blindadas de las estancias. La entrevista con la soprano navarra tiene lugar en su camerino, desde el que se ve la Ría acharolada y la grúa 'Carola'. La artista se sienta en un diván de cuero negro. En su mesa de trabajo, un piano eléctrico de bolsillo para entonar pasajes de su Antonia, el personaje que encarna en 'Los cuentos de Hoffmann', la ópera de Jacques Offenbach que se representa a partir del sábado en Bilbao. En el colgador, una modista deja el vestido amarillo, listo para las pruebas, que usará la soprano en escena.
María Bayo (Fitero, Navarra, 1961) dice que los cantantes de ópera son como «gitanos finos, con maletas», siempre haciendo y deshaciendo equipajes, una tortura que sólo conoce quien la padece a menudo. La soprano, madre de la pequeña Ilía, nombre de la protagonista del mozartiano 'Idomeneo', una de sus obras más queridas y que, cada poco, le viene a la memoria, es uno de esos trashumantes del arte. En 'Los Cuentos...' Bayo encarna a una mujer que sufre, poseída por el canto y herida por la ausencia de la madre.
-¿Ha conocido cantantes tan obsesivas como Antonia?
-Hasta el límite de morir por cantar, no, la verdad. Antonia es una persona sin afecto, una mujer enferma psicológicamente, llena de preguntas y dudas, confusa y desengañada, incomprendida. Hasta su enamorado Hoffmann no la entiende. En un pasaje llega a decirle que él ama a su canto tanto como a ella, hasta estar celoso de su voz.
-Los celos, un problema eterno...
-Es que los sentimientos no cambian, son los mismos que narraban los dramaturgos griegos. Estamos rodeados de personas obsesionadas. Los celos y las envidias destruyen mucho, a uno mismo pero, también, al otro. ¿Ah, los celos infundados! Hay que estar luchando siempre contra ellos y aplacarlos. A una cierta edad ¿sabe? la gente que piensa un poco vive mal. Darle muchas vueltas a las cosas puede provocarte reveses importantes...
-¿A usted le ha pasado?
-Sí, a veces un personaje me ha contagiado. Recuerdo cuando encarné a Melisande. Tuve momentos depresivos. La producción nos provocaba voluntariamente esos sentimientos, buscaba los contrastes de personajes. Yo soy pequeñita y me emparejaron con Ruggiero Raimondi, dos metros. Me pegaba por celos... En un momento cogía unas tijeras gigantes y las clavaba a mis pies. Rompí a llorar, angustiada... No soporto tener nada punzante cerca de mí. No fue fácil actuar en el filo.
-¿Cómo logra separar la vida real de sus personajes de ficción?
-Es que a veces no puedo hacerlo. Cuando he representado la última escena de esta ópera, cuando Antonia tiene la visión de su madre, he tenido bajones porque recordaba a mi madre muerta... Para hacer este trabajo tienes que poseer una gran fortaleza interior: el ánimo suficiente para salir al escenario y, al mismo tiempo, la capacidad para transformarte en una persona débil e insegura, como Mimí o Antonia.
-Usted ha llegado a representar los tres papeles de soprano de esta ópera, Olympia, Antonia y Giulietta...
-Recibí una propuesta de Houston y dije que sí porque me interesaba mucho encarnar los tres papeles como había propuesto Offenbach. Fue interesante experimentar. Y muy duro. Para hacer la muñeca, Olympia, tuve que aprender e interpretar una coreografía agotadora. Mi apariencia era la de Marilyn Monroe...
-Usted asegura que también se canta con la cabeza.
-Es que sin inteligencia no puedes cantar. Aunque la intuición cuenta, la técnica y el trabajo son básicos. Los cantantes suelen ser personas bastante inteligentes. Además de transmitir sentimientos, deben estar pendientes de todo... ¿Inteligencia emocional? Claro. Creo que es lo que distingue a un intérprete, de los que hay muchos, y magníficos, de un artista.
-¿Cómo cree que pueden entenderse hoy dramas escritos hace 150 años?
-Porque la enfermedad o el dolor en el fondo es el mismo. Antes era la tuberculosis y hoy es el cáncer o las guerras lo que nos hace sufrir. El público lo entiende, se produce la misma catarsis que en tonces. Hoffmann era muy crítico con su tiempo. Y los artistas creo que estamos obligados a realizar esa labor de denuncia.
-¿Llegando a la provocación de algunos directores de escena?
-La provocación es buena si es inteligente. Hoy en día la ópera debe competir en un mundo dominado por lo audiovisual, hay que manejar propuestas que la acerquen al público. En 'Idomeneo' he aparecido vestida de presidiaria en una cárcel americana... Los paralelismos son evidentes. También he trabajado para el Festival de Salzburgo, la vanguardia de lo que sucede en el mundo de la ópera. Pero usted me habla de montajes hechos sólo para epatar, para provocar. Cuando se quiere obtener ese resultado hay que manejar muchas dosis de inteligencia.