Lo primero que hago siempre cuando Serrat saca un disco es salir a comprarlo de inmediato, no vaya a ser que desaparezca de las estanterías de la tienda. Es una leve paranoia perfectamente absurda porque siempre lo encuentro y me cabe el honor de haber sido muchas veces el primer ciudadano en llevárselo a casa, según me informa mi tendero habitual. Los que seguimos teniendo un punto adolescente todavía hacemos estas cosas que los aburridos ya no hacen porque creen que la mejor manera de ser mayor consiste en desdeñar las emociones, colocarse la pajarita de la seriedad adulta y renunciar a lo que les hizo vibrar cuando empezaban a descubrir las maravillas de la vida. No saben cuánto les compadezco.
Compré pues 'Mô', lo abrí, leí las letras con el placer que siento siempre al leer en catalán (una de las pocas cosas que le reprocho siempre a este hombre es que en sus conciertos fuera de Cataluña utilice abrumadoramente el castellano) y apenas salí del ascensor y abrí la puerta de casa encajé el CD en el aparato, me calcé los auriculares y perdí la noción del tiempo hasta que el disco acabó. Primera conclusión: sólo un ceporro inclurable puede negar que el hijo de Ángeles y de Josep ha conseguido una obra maestra desde la primera nota hasta la última. Como escribía Manuel Rivas el otro día al respecto, da igual que se sepa catalán o no, aunque la emoción crece si se conoce el idioma. Y además logra lo que en otros discos de Serrat resulta un poco más arduo: te clava en el sillón a la primera sin necesidad de esperar a una segunda audición para desentrañar las complejas melodías marca de la casa. La canción 'Mô' que abre el disco es un homenaje cálido al lugar en el que vive el hombre que nos dio un susto cuando fue caminando a pie a la clínica para que le operaran un cáncer. La segunda canción es la que más me gusta de todas: se titula 'El teu angel de la guarda' y está dedicada a Candela, la chica con la que este señor ya sexagenario y a mucha honra tuvo a bien casarse hace ya unas décadas. Y después viene un torrente de excelentes temas, de recursos rítmicos insólitos, de melodías nítidas como la voz que las canta. Es imposible no emocionarse al escuchar 'Plou al cor', por ejemplo, en un alarde de melancolía que humedece los ojos e interrumpe la garganta. Déjenme reprocharle de nuevo al noi que haya tardado tanto en recuperar el catalán para su obra. Lo he dicho siempre: si en castellano es inmejorable, en su idioma paterno es un genio. Y el que no lo crea, qué le vamos a hacer.