El Correo Digital
Martes, 2 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Derechos y seguridad, entre genes y genocidios
El debate de estos días sobre los derechos de los simios debería todavía ser más serio. Hace falta que sea más fuerte e integral. Tendría que conducir a preguntarnos no solamente por la validez de los argumentos sobre su cercanía natural o genética con el hombre y el fin propuesto de incluir a los antropoides no humanos en una comunidad de iguales, al establecer medios de protección o defensa que hasta ahora están pensados exclusivamente para los seres humanos, sino que tal discusión podría servirnos para múltiples ejercicios de conciencia acerca de la realidad que los humanos hemos construido. Estadísticas que deberían ser escalofriantes sobre la muerte sistémica de decenas de miles de personas todos los días, por hambre, enfermedad o conflicto; datos reveladores de los grados de devastación del planeta y sus recursos; diagnósticos acreditados que nos pronostican la caída fatal tras una acelerada carrera y salto hacia el vacío, que resulta del modelo de vida dominante a nivel mundial, basado en el expolio y la acumulación, todo ello debería interpelarnos eficazmente, como un gran mazazo sobre nuestras cabezas y corazones. Para eso ningún concepto ha sido suficiente por sí mismo. Ni por sí mismo movilizador. No lo han sido tampoco cúmulos de sentencias e instrumentos jurídicos, ni centenares de testimonios sobre el dolor humano o las teorías y los fines de políticas diseñadas por instituciones creadas alegadamente para aminorar el sufrimiento y procurar el bienestar.

No olvidemos que cuando una parte de la Humanidad comenzó a hablar de derechos humanos fue tras la Segunda Guerra Mundial. Por eso su nacimiento como idea compartida internacionalmente se asocia a los escenarios donde se llevó a cabo uno de los más terribles genocidios. De su relativo fundamento en nuestra cultura, las imágenes de los derechos deben ser inseparables de las imágenes de los hornos o cámaras de gas que nuestra cultura fue capaz de instalar para matar en masa, entre otros medios y objetivos. Derechos humanos y humeantes o anegados campos de sangre son piezas de un mismo cuadro de tragedia, lucha y esperanza. Como es también el reciente postulado de la Seguridad Humana, que al lado de otros, como el de Desarrollo, hace parte del arsenal con el que la alegada civilización se dicta responder a los contundentes desafíos para el mantenimiento y elevación de la vida humana en la Tierra, mientras el globalismo neoliberal e imperial destruye vertiginosamente entornos y relaciones vitales, gestando miseria y gestionando guerras.

La paradoja está en que las agendas locales, nacionales y mundiales están sobresaturadas de enunciados acerca de la seguridad. Desde una junta de vecinos en un barrio hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se refieren a ella, del mismo modo que se habla abundantemente de derechos sin que existan para todos y todas las condiciones de su disfrute. Legítimamente puede en consecuencia sospecharse de tanta verborrea sobre esos conceptos, que por otro lado, pese a su ambigüedad, pueden resultar necesarios de reclamar entre tantas palabras y discursos, vistas las necesidades más elementales o esenciales de colectivos humanos que deben afrontar día a día las más espantosas amenazas y limitaciones.

No es banal respaldar eventualmente que existan territorios protegidos para que los chimpancés, gorilas y orangutanes puedan seguir viviendo como seres libres por sus propios medios, como actualmente con razones de peso lo vienen agitando científicos, políticos y demás compañeros genéticos de aquéllos. No es insustancial, es importante, si al tiempo podemos crear las condiciones para que se hable en serio de comunidades humanas que están siendo objeto de planes de agresión económica, política y militar, expulsadas de sus territorios, usurpadas sus libertades y derechos, padeciendo las características de un verdadero genocidio, etnocidio y ecocidio. Esto pasa en regiones de Colombia, por ejemplo, donde pueblos afrodescendientes e indígenas han sido atacados por paramilitares y militares, que decapitaron a uno de los nativos para jugar al fútbol con su cabeza, acción que simio alguno ha realizado jamás con un semejante. El terror y la impunidad institucionalizadas en ese país, la parecida y al tiempo diferente negación de derechos humanos y colectivos del pueblo saharaui, de nuevo mancillado con la política marroquí y la omisión internacional, o la similar situación de humillación que edifica Israel con cada palmo del nuevo muro del 'apartheid' que construye en territorios de Palestina, lo que todas esas estrategias comportan en términos de flagrantes crímenes contra poblaciones bajo ocupación o conflicto armado converge sin que instancias internacionales quieran o puedan actuar para impedirlo. Al contrario, en gran medida poderes del orden internacional promueven ese estado de cosas, y se benefician de que sectores sociales empobrecidos y desarraigados, sumidos en la desprotección real, no puedan demandar responsabilidades y obtener respuestas favorables o autodeterminarse para construir su futuro.

Esos tres conflictos nos enseñan muy grandes obstáculos que la comunidad internacional no remueve. No por sabia. Quizá por cínica, o por una grave esquizofrenia.

Una muy conocida leyenda nos habla de los tres monos sabios, que con las manos se tapan los ojos, los oídos y la boca: 'No ven', 'no oyen', 'no hablan'. Es una representación abierta a la interpretación. Puede ser tanto un símbolo de la negación de los valores y la realidad como un consejo de prudencia. En ese juego está la ética, que tanto como los derechos y la seguridad tiene que ver con reconocimiento de genes y genocidios. Una ética desde los derechos y la seguridad de quienes luchan por la dignidad humana nos ha hecho recibir un buen golpe en nuestra memoria y razón de ser. En Bilbao, el 4 de mayo en el Ilustre Colegio de Abogados, se dará un paso en la dirección de ver, de oír, de hablar. ¿Qué y para qué?

La jornada de encuentro entre defensores de derechos humanos, filósofos del derecho, investigadores, juristas y representantes de organizaciones sociales, de aquellas comunidades negras e indígenas sitiadas y de centros que han trabajado sobre las temáticas de conflictos, globalización, cooperación y ayuda humanitaria, servirá para reflexionar con ética acerca de la seguridad humana y los derechos humanos, concretamente de aquellos colectivos y poblaciones que enfrentan graves amenazas a su vida, en Palestina, Sáhara Occidental y especialmente Colombia. Compartiremos con quienes de allí y de acá buscan cómo resistir a los planes de poderosos que vulneran derechos, seguridades, libertades y territorios, y que nos recuerdan cómo, en caso de poder y querer todavía evolucionar, para ser algún día unos monos sabios, lo que aquí y ahora nos corresponde hacer es vernos, oírnos y hablarnos, sobre realidades del Sur y del Norte que se hace urgente convertir coherentemente en materiales para la dignificación de todos y todas, sin aplazamientos.



Vocento
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