El Correo Digital
Domingo, 30 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Dibujo
Apareció el otro día el lehendakari Ibarretxe enarbolando un dibujo hecho por una niña de cinco o seis años. No actuaba de jurado en un concurso escolar. No estaba de visita en un colegio. El lehendakari intervenía en un acto oficial y mostraba la cartulina a los presentes con el fin de ilustrar mediante imágenes el enésimo de sus planes para el País Vasco. Donde la autora había pintado una madre con su hija unidas de la mano, el presidente de los vascos veía el perdón. En el centro, un corazón de gran tamaño representaba la idea del amor. Y el gato y el ratón que correteaban amistosamente eran la encarnación del respeto entre las personas. La suma de todo ello daba como resultado la Paz, es decir, el mismo objetivo inspirador de la propuesta del lehendakari. Para una criatura no está mal. Haber sido capaz de plasmar en una sola imagen un entramado de valores tan sutiles revela, aparte de las indiscutibles dotes de la niña para la expresión plástica, una elevada capacidad asociativa y una precoz familiaridad con el pensamiento abstracto. Pero no me atrevería a pensar lo mismo de un adulto hecho y derecho de quien sus electores y sus gobernados esperan algo más que lecciones de dibujo elemental. Hay en la anécdota, sin embargo, algo de sintomático de la época líquida en que flotamos. De un tiempo a esta parte lo infantil se ha hecho paradigma, referente, modelo de imitación. Las listas de 'best-sellers' vienen encabezadas por lecturas propias de adolescentes, y nada digamos de ese cine de éxito donde las secuencias de mayor complejidad intelectual son réplicas de los videojuegos o de estampas de tebeo. En la publicidad abundan cada vez más los reclamos que apuntan a nuestros impulsos primarios, a un sentido juvenil y desenfadado de la vida. La política española en general no se ha podido sustraer a esta corriente. Ya hace meses alguien describió las maneras de nuestros políticos como propias de patio de colegio, y no parece que el tiempo haya venido a desmentirlo. Cuando no es una trifulca cuajada de insultos, es la queja victimista del que se siente maltratado por alguien más fuerte o el dedo acusica indicando que el otro empezó primero. Cosa de niños parece también esta desaforada competencia por ver quién tiene la realidad nacional más larga. Si no logramos salir del nivel de parvulario, tiene cierta lógica que un dibujo infantil simbolice todo el pensamiento cívico que es capaz de desplegar un presidente hoy en día. Hay un libro clásico de la autoayuda titulado 'Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario', que en tiempos alcanzó cierto éxito entre los padres de la patria estadounidenses. Visto lo visto, tal vez convendría reeditarlo aquí para los nuestros.



Vocento
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