El mar, representado donde nadie podía imaginarselo mediante rítmicas líneas onduladas, vuelve a vibrar tierra adentro, entre los árboles del Bosque de Oma, en Kortezubi (Vizcaya). Igual que el rayo que les 'atraviesa' y las esquemáticas siluetas que recorren los caminos, llegadas de la comprometida pintura que Ibarrola hacía ya cuando se jugaba la cárcel en tiempos del franquismo. Y el viejo arco iris plasmado en los troncos -la imagen más colorista y de marca de los pinos pintados por el veterano artista en los años 80-, parece que acaba de salir tras la tormenta.
Un grupo de estudiantes de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco, comandados por Pilar Bustinduy, profesora titular de restauración de Arte Contemporáneo, culminarán en unas dos semanas la quinta reparación plástica que se práctica en el famoso pinar. Pero tiene una peculiaridad. Es la primera que ordena la Diputación de Vizcaya, propietaria del lugar desde principios de los años 90, como mera función de mantenimiento periódico, y no, como hasta ahora, para reparar los daños perpetrados por grupos radicales. Unos ataques dirigidos contra el propio Ibarrola, que siempre se ha destacado por la defensa de la libertad frente al terrorismo de ETA y su entorno.
El Bosque Pintado, visitado cada año por varias decenas de miles de personas -que ya llegaban hasta de Japón cuando todavía no existía el magnetismo del Guggenheim-, fue adquirido en 1989 por la institución foral. Pagó 10,5 millones de pesetasa los propietarios de los terrenos donde Ibarrola había pintado su obra y 4,5 al artista como precio simbólico.
El camino principal de acceso, que parte desde la carretera de Gernika a las Cuevas de Santimamiñe, continúa en mal estado, sembrado de baches por el trajín de los camiones madereros. Los restauradores deben recorrer dos kilómetros en un todoterreno para llevar el material. Hace tiempo que no pueden acceder hasta allí autocares con escolares.
Peor es el último tramo, en cuesta, que hay que recorrer a pie. Cuando llueve es más que resbaladizo. Parece un milagro que cada día los restauradores se crucen con visitantes, más abundantes los fines de semana. «Merecería la pena que arreglaran la pista y que hicieran en esta otra parte unas escaleras rudimentarias, con troncos o así», comenta la profesora, que se encarga de las restauraciones desde 2001, después del primer ataque que sufrió el bosque.
Los jóvenes estudiantes, todos vascos menos un rumano llegado con una beca Erasmus, tienen que trabajar en penosas condiciones: ensamblan varias escaleras para acceder, con cierto riesgo, hasta las pinturas más altas, siempre sujetos con arneses. Ahora, la intervención se centra en las partes más inclinadas y profundas del lugar, donde las siluetas de colores llegan a alcanzar en los árboles los cinco metros de altura. El artista llegó tan alto para compensar la caída del terreno y hacer que estas pinturas sean también visibles desde la meseta central del Bosque Pintado, que es la zona realmente transitable por el público y desde donde se contemplan perfectamente el conjunto artístico con el que Ibarrola crea la ilusión de imágenes planas en un soporte vivo y tridimensional.
Realizan de esta manera prácticas de campo, «un complemento perfecto para sus estudios»; además, siempre en contacto con el artista, que «es como se trabaja en la restauración de arte contemporáneo», comenta Bustinduy.
Arruinados por las talas
El grupo repinta las partes más deterioradas desde antes de Semana Santa, en días sueltos, cuando acompaña el tiempo. La tarea de este año alcanzará a 60 ó 70 de los 600 pinos involucrados en las 21 composiciones plasmadas por Ibarrola en el lugar, los peor conservados. Antaño fueron unos 800 y 34 los conjuntos de imágenes. La diferencia fue arruinada por las talas de los propietarios menores del lugar, agrupaciones de pinos que la Diputación no llegó nunca a adquirir.
Los equipos de trabajo de Bustinduy han bregado en los últimos años con cada uno de los ataques a una de las obras más queridas por el artista. Siempre lo han hecho de acuerdo a un proyecto de restauración guiado por expertos en la floresta, lo que les da una amplia experiencia en la singular instalación artística. Las labores deberían repetirse de forma periódica con los árboles que presenten mayores pérdidas en las partes pintadas.
«El bosque de Oma es un icono y merece cuidado y consideración. Si las obras clásicas del 'land art', de artistas como Richard Long o Robert Smithson, se cuidan allí donde están con verdadero mimo -sólo hay que ir a verlas-, también debe hacerse con el bosque de Ibarrola», considera la doctora Bustinduy.
En su opinión, el Bosque Encantado «es una obra interesantísima», en la que su creador ha seguido pintando hasta el año 2000: «Plasma una serie de figuras geométricas simples y de trazos primitivistas en colores la mayoría puros. Lo curioso es cómo hace para crear desde lo tridimensional imágenes que leemos como bimensionales; una cuestión muy de las vanguardias. Pero los puntos de vista que él había marcado en el suelo se han medio perdido; también merecería la pena recuperarlos».
Mientras tanto, Agustín Ibarrola, desencantado con el trato de las instituciones vascas, ha decidido trasladar su legado a una fundación que llevará su nombre en Ávila.