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Sábado, 29 de abril de 2006
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De nuevo se puso al rojo vivo el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros para el primer trimestre del año en curso. El 25% de los españoles lee libros todos o casi todos los días y los que no leen nunca o casi nunca ascienden al 46%, un 3,2% más que en el mismo periodo del año anterior y como viene siendo habitual, las mujeres leen más que los hombres por lo que sería justo y necesario que en el magro sector de lectores y lectoras se propugnase también la paridad urgentemente.

Suben los índices de bajas en la lectura, anualmente desaparecen almas que leen y por lo que se deduce de los datos no se reemplazan las que mueren. Como los especimenes en extinción. Con tanta alma muerta no es extraño que crezcan los cementerios de papel invendible.

Dicen que hay que inducir a la lectura desde la infancia y que es el libro el mejor regalo para un niño, por irrompible y porque no hay que cambiarle las pilas aunque eso ya no vale para los chavales de un tiempo electrónico. Me cuenta una profesora de larga trayectoria su impresión inquietante sobre el escaso apetito de leer que aqueja a sus alumnos. Intenta inyectarles vitaminas de dulce sabor y apetecibles para incitarles a que lean con ganas. Les pide un día a los escolares que hagan un trabajo sobre el Amazonas.

Días después, muchos de ellos se presentan con bonitas hojas impresas por ordenador y alzan la mano orgullosos para que se les pregunte. Otros, recopilaron algunas líneas del diccionario para pasarlas con renglones más bien torcidos a su cuaderno con borrones. La maestra les pidió que pusieran sus documentos boca a bajo sobre el pupitre y le explicaran lo que habían retenido de sus búsquedas. Los únicos que lograron responder por haber memorizado parte de lo escrito en sus libretas fueron los que habían ido copiando con su mano información de aquí y de allá. Aquellos que llevaron folios con textos bellamente presentados, no los habían leído.



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