A los dos toros de Parladé que tumbó de sendas estocadas memorables les cortó las orejas Salvador Cortés. La bondad fue nota común a uno y otro toro. Pero el tercero de corrida le sacó en calidades, potencia y estilo no poca distancia al sexto. El primero vino ligero, pronto, humillado y entregado. Por las dos manos repitió con boyantía. Un toro sin secretos. El sexto se trompicó un poco, no descolgó tanto, fue de más cortos viajes.
Cuando se fue a porta gayola, ya cerca de las nueve de la noche, a recibir al sexto Salvador contaba la corrida como un triunfo. Dos orejas. El gesto siempre heroico de irse a la puerta de toriles y tan por todas dejó en claro su ambición. Sólo las dos estocadas fueron ellas solas dignas de premio. Por la manera de cruzar, atacar y atracarse. Con espléndida limpieza en el primer turno. Dejándose el alma en el segundo, porque del embroque de la estocada, hasta la bola, salió Salvador prendido por el muslo derecho. En seco derrote lo tuvo el toro colgado un instante. El forro de la taleguilla o el tejido resistente del calzón resultaron providenciales. La euforia se desbordó. El presidente no pudo negarse.
Javier Conde estuvo muy presente en sus dos turnos. Para bien y para mal. Afanoso y seguro pero muy al hilo del pitón con un primero, que tuvo más bondad que raza. Exageradamente abierto o escondido con el cuarto, que, brusco de salida, se acabó dejando bien antes de rajarse. Conde tuvo en contra un grupo de gente que no le perdonó ni la menor renuncia. Las hubo.
El Fandi se las vio primero con un sobrero de Pereda encastado pero listo, algo probón y con recámara. Valerosa faena de buen corte y bien tramada. En banderillas los alardes fueron los habituales. El quinto fue el de peor nota de los seis, al sexto muletazo se echó y cayó el telón.