La corrida de Alcurrucén, terciadita y no mal rematada, dio dos buenos toros: tercero y cuarto. Con el buen tercero, El Capea, que debutaba en Sevilla, se estiró al borde de la segunda raya. Calmosamente. Encajado, tocó por delante al toro más para acompañar que para obligar. Sin abrirse pero un punto despegado y al hilo del pitón y hasta fuera de cacho. Sin bajar la mano, sin dejarse tropezar tampoco. Sin ligar cuando al toro se le acabó el fondo inerte. Pese a su soltura, fue faena de prudente planteamiento. Correcta, bien ensamblada, medida, resuelta en un solo terreno. La estocada, al segundo viaje, fue de verdad. Faena tan gramatical recibió eco distante y cortés.
El sexto se volvió hasta siete veces en el umbral de chiqueros. El Capea ya tenía decidida la estrategia: macheteo y a casa.
El segundo, fue toro de pobres hechuras. No era de Sevilla. Ni de cerca de Sevilla. Ninguna clase, algún arreoncito. Fue el toro del debut de Eduardo Gallo en la Maestranza. Gallo quiso pelear más que el toro, que estaba por defenderse. Entre cruzarse o mantenerse al hilo, optó por meterse entre pitones y encajarse ahí. La deriva de la faena fue un mero cuerpo a cuerpo. Dos desarmes y una buena estocada.
Con el quinto, que pareció lesionarse la mano derecha, porfía breve que terminó de notable estocada. Pero éste fue de los que resucitan. Se levantó hasta dos veces y eso que tuvo que apoyarse en la mano chula.
El primero se apagó pronto. Le pisó la muleta a Dávila Miura , le tiró un derrote y lo desarmó. Y ahí se acabó la película. Al torero debió de gustarle el cuarto porque lo brindó al público. Pero la montera se quedó en el platillo y Dávila se vino a tablas para doblarse. El toro estaba de sobra visto y hasta tentado. Para paliar el desencanto, Dávila cobró una excelente estocada.