Querámoslo o no, una barrera de muertos nos separa a los habitantes de este país. Esos muertos que han sido asesinados por unos, pero justificados, aplaudidos o silenciados por muchos más..., esos muertos son los que más nos separan. También nos costará acercarnos unos a otros porque la ideología política de bastantes conciudadanos es la negación de la común ciudadanía. Lo que a ellos les une les aleja enseguida de todos los demás.
Pero Jone Goirizelaia y Gema Zabaleta están por encima de tales divagaciones. Ellas dicen ser personas de distintas 'sensibilidades', aunque se diría más bien que de parecidas 'insensibilidades'. De hecho, en su jaleada convocatoria del día 8 no se vio a ningún familiar o representante de víctima alguna. Ni se escuchó tampoco una mención compasiva a ellas, porque, claro, si se mencionaba a unas habría que mencionar por igual a las otras. Y además, para la mayoría de las allí presentes, ¿no han sido el terrorismo y sus víctimas un resultado inevitable del 'conflicto'? A estos cargos públicos les reúne, empiezan por proclamar, su condición de mujeres. Como si tal condición, por sí sola (¿el eterno femenino!), fuera un punto de partida crucial para el análisis y acuerdo político. ¿No les bastaría simplemente con su condición de ciudadanas? ¿Alguien percibe en las señoras de Aralar o Batasuna una actitud más proclive a la autocrítica y al entendimiento que en sus conmilitones masculinos? ¿Pertenecerán a la misma condición femenina las madres, esposas, hermanas e hijas de tantos abatidos por el terror...?
No es el género o su sexo lo que las junta, sino mucho antes una semejante debilidad teórica. ¿Cómo van a tener ideas claras las que muestran un empleo de los términos tan confuso y tal gusto por el tópico? Ellas creen que deben ser «agentes activas» por la paz, advierte Gema Zabaleta al periodista, quizá porque tendrían algo complicado volverse agentes inactivas. «No vamos a ser una plataforma reivindicativa», prosigue, pero entonces ¿a qué se han juntado?; «ni mucho menos (una plataforma) política», lo que añade un nuevo disparate a su discurso. Pues ya nos dirán por qué se empeñan en denigrar así la política, que es una digna ocupación, cuando quieren tan sólo prometernos que no harán política partidista. «Somos un movimiento que no tiene fronteras», culmina la diputada, por más que ese movimiento nace de marcar una notoria frontera sexual e ideológica para sus miembros. Y eso además para referirse a una plataforma encantada de derribar unas fronteras políticas y trazar otras nuevas que afectan nada menos que a dos Estados europeos y a varias comunidades políticas menores.
Pero esto de no tener fronteras se parece mucho en su vacuidad a ese «diálogo sin prejuicios y sin condiciones» que reclaman en su Manifiesto. Seguramente no saben lo que dicen. No hay diálogo que no parta de ciertos prejuicios de los interlocutores, sólo que la función de un verdadero diálogo consiste en hacerlos aflorar y someterlos a examen. ¿Son ellas conscientes de lo primitivo e infundado de casi todos sus propios prejuicios? ¿Han estado alguna vez dispuestas a permitir su cuestionamiento sin sentirse 'criminalizadas' por ello? Tampoco hay diálogo que pueda prescindir de ciertas condiciones, y, para empezar, de ésas sin las cuales el diálogo mismo o no sería siquiera posible o no abocaría a resultado alguno. La no violencia ni su amenaza, por supuesto, pero también la mutua confianza en la veracidad de los participantes, la univocidad del sentido de términos claves... son requisitos necesarios para iniciar ese diálogo. Aparte de seguir bajo vigilancia de los armados y sus colaboradores, ¿cómo haremos para convenir el mismo significado de los conceptos más básicos, desde el sobado 'democracia' hasta el bonito 'derecho a decidir'?
La oportunidad igual de participar, el compromiso de atenerse al mejor argumento, etcétera, son, en fin, condiciones para que el diálogo político sea efectivo. Estas voces públicas invitan a «intentar ver la parte de verdad que tienen las otras personas». Eso está muy bien, pero ¿'todas' las personas envueltas en este desastre albergan 'la misma' parte de verdad? Uno creía que quienes reconocen nuestra igualdad de ciudadanos cuentan con mayor verdad política que los que confirman nuestra desigualdad según seamos españoles o vascos, nacionalistas vascos o simplemente vascos. ¿O es que valen lo mismo las ideas que sostienen privilegios particulares que derechos universales, derechos colectivos que individuales, doctrinas etnicistas que democráticas? Y que Dios me perdone el descaro, pero ¿cuánto esfuerzo han dedicado nuestras diputadas a adquirir esas categorías sobre la democracia con las que echarse al diálogo y sopesar los mejores argumentos?
Habrán notado que lo que de veras aproxima a estas mujeres es su acercamiento a las premisas del nacionalismo vasco. No sólo se proponen lograr la paz «en el País Vasco, en Euskal Herria», así, como si ambos términos designaran hoy lo mismo. También se aprestan a pontificar, a oficiar de pontífices, es decir, a tender puentes entre sus gentes enfrentadas. Escuchemos en el reportaje a Jone Goirizelaia, abogada defensora de los criminales abertzales en los tribunales y fuera de los tribunales. Dice Jone que era imprescindible que estas mujeres se esforzaran en crear puentes «precisamente cuando había más incomunicación y problemas». Claro que esa incomunicación y esos problemas procedían, fíjense bien, de la vuelta a los atentados etarras contra los concejales del PP y PSE. ¿Por qué entonces tender puentes hacia los colegas de los asesinos en lugar de repudiar a los unos y perseguir a los otros con toda el alma? Si Batasuna estaba en lo suyo y con los suyos al echar cables a los criminales, ¿podían militantes socialistas mandarles sonrisas mientras machacaban a sus compañeros socialistas? ¿Cómo se explica que esos puentes tendidos entre víctimas y verdugos «generaran márgenes de confianza política» entre ellos? Tal vez porque, al ser asesinos políticos, o no se les considera lo bastante asesinos o se justifican en parte sus asesinatos.
Sólo si se priva de su sentido a las palabras, sólo si se equipara lo que es opuesto, pueden decirse y hacerse tales cosas. La penuria intelectual y de sentimientos morales, que estuvieron en los orígenes del horror, comparecen también ahora como sus peores consecuencias. Porque la barbarie abertzale habrá ganado la partida si fuera cierto que Gema y Jone compartían esta reflexión: «Que la solución sólo vendría de la mano de quienes más estaban perdiendo con la situación, bien porque eran ilegalizados por la ley como en el caso de Batasuna, bien porque nosotros y el PP estábamos perseguidos e ilegalizados por ETA que nos mataba...». Que nadie pregunte si la ilegalización fue una medida justa o injusta, si aquella ilegalidad de los unos se basaba precisamente en su apoyo al asesinato de los otros. Quedar fuera de la ley o fuera de la vida son al parecer pérdidas parangonables, servirse de la fuerza de la ley y de la fuerza de las bombas da lo mismo. Matones y matados, no hay diferencia. Y para que todo el mundo «visualizara» (sic) esa indiferencia política y moral, decidieron hacer «pedagogía» (sic) impartiendo conferencias juntas.
Gracias a tan excelentes maestras hemos aprendido que resolver nuestro enfrentamiento civil es cosa sencilla. Empiece por negarse el examen de las causas del enfrentamiento, para así dejar de juzgar la legitimidad o ilegitimidad de las razones de sus contendientes. Supóngase después que, puesto que aquí lo malo eran tan sólo los medios violentos, el cese de la violencia vuelve aceptables los fines secesionistas. Ha de proclamarse entonces que «todos los proyectos políticos se pueden y se deben defender», aun cuando algunos de esos proyectos -por etnicistas, o sea, antidemocráticos- romperían a nuestra sociedad de nuevo en dos mitades enfrentadas. Y concluiremos así que el mejor modo de superar el enfrentamiento es mediante el arraigo de la ideología que lo engendró y la derrota de quienes más lo padecieron. En suma, que la solución de la tragedia está en repetir la fórmula que trajo la tragedia.