Juanito Oiarzabal se vuelve para casa. La decisión es irrevocable. Y los motivos, tan escuetos como claros: los pies y «problemas personales». El escalador vitoriano se planteó desde un principio la expedición al Yalung Kang (8.501 metros), cumbre secundaria del gigante Kangchenjunga, como la primera prueba de fuego para comprobar el comportamiento de sus pies tras la amputación de sus diez dedos por congelaciones en el K-2. Pero éste no ha sido el esperado.
«La verdad es que por lo que he hecho hasta ahora no me puedo quejar. Los pies se han portado muy bien», explicaba ayer un abatido Oiarzabal por el teléfono vía satélite. «Pero según nos acercamos a terreno cada vez más técnico y con toda la nieve y hielo que hay en la montaña estoy viendo que los pies están sufriendo mucho, sobre todo el izquierdo, y es un riesgo que no puedo asumir», añadía. Según sus explicaciones, los mayores problemas los tiene cuando se calza los crampones, por la «postura forzada de los pies y la técnica que exige el andar o escalar en hielo».
El martes mantuvo una larga conversación con Araceli, su mujer, y tras toda la noche meditando la decisión ayer se la comunicó a sus compañeros de expedición: Josu Bereziartua, Juan Vallejo, Mikel Zabalza y Ferrán Latorre, que mantendrán inalterable el plan de hollar el Yalung Kang y realizar la travesía por la arista cimera hasta la cumbre principal del Kangchenjunga (8.586 metros).
Desciende hoy
Juanito Oiarzabal tiene previsto iniciar hoy mismo el regreso hacia la convulsa Katmandú, donde llegaría, si no tiene contratiempos, dentro de «seis o siete días». A partir de ahí, «si Araceli puede resolver un par de gestiones en casa vendrá aquí y juntos haremos el trekking del Khumbu», lo que él califica como una «cura de desintoxicación». Si no, en unos días más estará de vuelta en Vitoria.
La expedición al Yalung Kang era la vuelta de Oiarzabal a los 'ochomiles', después de casi dos años recuperándose de las congelaciones que sufrió el 25 de julio de 2004 durante el dramático descenso del K-2. Como consecuencia de éstas, un mes después le fueron amputados los diez dedos de los pies y comenzó una lentísima recuperación que por lo visto ahora aún no está completada del todo. El pie del que más se ha resentido ha sido el izquierdo, precisamente el que sufrió la mayores congelaciones y también el que le ha dado más problemas durante toda la convalecencia, como lo demuestra el hecho de que ha tenido que ser intervenido hasta tres veces para realizar diversas curas e injertos durante estos casi dos años, el último de ellos hace apenas medio año.