Presentada en 2004 en el Festival de San Sebastián, en el que obtuvo alguno de sus premios paralelos, esta tercera película de Mª Victoria Menis nos plantea una de esas historias sobre la soledad y el desamparo que, en un principio, podría calificarse como bella y esperanzadora, pero que pronto se convierte en una cruda crónica de una realidad siempre latente en aquellos países golpeados por interminables crisis.
El guión construye dos espacios y dos estados de ánimo diferentes que, a la postre, coincidirán en el retrato pesimista de sus personajes. Dos pinceladas iniciales bastan para situarnos ante la realidad de un protagonista, el joven Félix, magníficamente interpretado por Leonardo Ramirez, que arrastra su profunda angustia debatiéndose entre el bien y el mal. Su temporal acogida en una casa como jornalero por cama y comida nos mostrará otra faceta de la indignidad, el paro, el alcohol, el machismo y el maltrato. Aun así, hay un atisbo de esperanza, de integración y de hasta cierta felicidad con momentos de ternura gracias a la relación de Félix con el pequeño de la casa.
Todo esto viene contado con la atronadora elocuencia de los silencios. El diálogo es sustituido por las actitudes, miradas y gestos cargados de profunda tristeza. El paso a la ciudad no cambiará las cosas. La soledad se muestra como un peso aún mayor que el de ese niño arrebatado al desamparo de sus padres. Se intuye que el drama está cercano, aunque se nos permite esperar una solución feliz que, trágicamente, no llega.