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Jueves, 27 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El miedo, la muerte y el médico
Los elefantes, ahora que sabemos que son capaces de distinguir las malas intenciones en los humanos, cuando presienten la muerte caminan en busca del cementerio donde descansan sus ancestros y dejan que la naturaleza actúe. En algunos lugares de China, los viejos del clan, cuando se sabían cercanos a la despedida, subían al monte de los muertos y esperaban la llegada de la parca con la serenidad de los sabios. Si algo me enseñó África fue el coraje de sus gentes para amar la vida, la alegría sin fisuras ante un plato de maíz y la serenidad senequista para aceptar la muerte.

De alguna manera, los elefantes y algunos grupos humanos han aprendido a respetar la vida aceptando la muerte como pago necesario. Ahora reparen en la pavura generalizada de los neuróticos del Primer Mundo, nosotros. El miedo a la vejez y la muerte nos tienen tan arrugaditos que somos carne fácil para el mercado: cremas, operaciones y tratamientos acuáticos para no envejecer e informes médicos recomendando, ahora el aceite de oliva, más tarde los bífidus, a continuación los triglicéridos o el pescado azul. Cada informe debidamente acompañado de una campaña publicitaria para lanzar unos yogures, zumos o pastillitas de calcio contra la menopausia.

Compañeros de mi quinta se lanzan a la salud eterna vistiendo calzón corto y cinta en la frente para correr todas las mañanas mientras beben agua de iones o yogures líquidos. El pánico a morir los tiene metidos en plena faena de no vivir. Y claro, la naturaleza toma cumplida venganza de nuestra estupidez, golpea nuestro miedo a morir y los informes médicos alargándonos una vida sin dignidad ni gobierno. Cientos de muertos en vida transitan por nuestras ciudades, colgaditos de los servicios médicos y con las neuronas transformadas en papilla, pero, eso sí, vivos. Es un decir.

Recuerdo, en mi remota infancia, muchos ancianos y ancianas, encorvaditos y arrugaditos, pero lúcidos y pendientes de las gallinas o las vacas. La naturaleza les concedía, por capricho, por azar o porque le daba la gana, una longevidad natural y todo en ellos respondía a esa vida no cumplida. Lo normal, para los abuelos de entonces, era no despertar una mañana en su cama. Se morían con la conciencia de la vida cumplida y en paz. A los nuestros, los condenamos a una larga y lentísima agonía, con la decencia del ser humano perdida y boqueando una vida prestada que no puede llamarse vida.

Imagino que habrá puestos de trabajo que dependan de esa falsa vida, condena peor que la cárcel; imagino que no existe mala voluntad en alargar estadísticamente el tiempo de permanencia en este mundo. Tan sólo me pregunto: ¿A beneficio de quién? La vida es un regalo, el mejor, es menester vivirla con dignidad y mantener la misma dignidad para saber despedirse de ella. Lo contrario es un tormento. Es inhumano.



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